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El Diario del Maule Sur
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Hoy
Opinión 14-03-2019
Mario Oltra Jiménez

Un día antes de su muerte, vi a Mario Oltra Jiménez caminar por calle Arturo Prat hacia el oriente. Yo iba en vehículo y no pude detenerme. Poco antes había visitado el centro cultural para consultarle un tema de su quehacer.
Pero en realidad, cada vez que conversábamos, de alguna forma volvíamos a nuestra edad escolar en el viejo (y hoy desaparecido) liceo de San Javier. En esos patios y salas fui compañero, alguna vez de banco, de su hermana María Inés, que en esa época alcanzó un reinado de la primavera.
Su padre, don Mario Oltra Blanco, cargaba sobre sus hombros el ser fundador de Los Provincianos, el mítico conjunto que llegó a la inmortalidad con Mi Casa de Campo, que don Mario compuso (me lo contó años más tarde) una vez que retornaba desde Santiago a San Javier en tren y vio esa estampa inspiradora, tras unas zarzamoras.
Pero Mario, con quien no tuvimos mayor relación en los tiempos de colegio, lanzó su candidatura a Presidente del Centro de Alumnos del Liceo. Su progenitor lo era del Centro de Padres y, desde luego, sería honorífico que su retoño (de buena pinta, oratoria adecuada y prestigio) asumiera el cetro de los estudiantes.
Pero, malignamente, con algunos compañeros cuyos nombres hoy guardo, alzamos otra postulación. Rebelde y contestaría como se definiría hoy. Lo hicimos sin el visto bueno del Consejo de Profesores. Fui llamado por mi profesor jefe don Gonzalo Bertín. Después por el Rector. La conminatoria era una sola y taxativa: “Ud debe bajar de inmediato la candidatura”. No lo hicimos y mi amigo Mario perdió por los votos exactos que le quitó nuestro abanderado. Don Mario padre ardió en española furia. El rector, don Manuel Espinoza Gatica, ofreció mi cabeza en bandeja. Resultado: ser me “denegó” la matrícula para el año siguiente. Fui a dar con mis rebeldías al Liceo de Linares.
Como las contradicciones de la vida son enormes e incomprensibles, más tarde fui buen amigo de su padre, emparentado con Mariano Latorre por su apellido Blanco que era el de Virginia Blanco, esposa del escritor. Varias veces fuimos a Huerta de Maule, donde Latorre ubicó la trama de su novela Zurzulita, publicada en 1920.
Y por esas situaciones contradictorias de que hablo, al fallecer su padre, el municipio de San Javier fundó el Centro Cultural Mario Oltra, que dejó bajo gestión de su hijo, quien heredó la voz bien timbrada, grata y poderosa de su progenitor. Su conjunto recorrió Chile e hizo revivir la música chilena con vigor y propiedad.
Pero, a ese centro llegó a hacer sus primeras armas laborales mi hijo Jaime recién titulado de periodista. Mario lo acogió con cariño y lo ayudó a caminar la difícil senda del servicio público. Hoy se lo agradezco como se lo dije en vida.
María tenía herencia musical: hoy nadie recuerda al barítono Onofre Vidal Oltra, (nacido en Talca en 1900) quien exaltó la opera hace sesenta años en el Teatro Municipal, brillando en inolvidables temporadas y que alcanzaría fama universal.
Don Mario Oltra Blanco, estudiante de leyes en los años 30, encontró mayor afinidad con las cuerdas de la guitarra que los códigos y formó el legendario grupo Los Provincianos, que fueron del gusto de Margot Loyola, por sobre Los Quincheros o Los Cuatro Huasos.
Recorrieron Chile y Argentina. La Armada dio el nombre del conjunto a unas islas del sur en homenaje a su inmensa fama y popularidad.
Mario Oltra Jiménez fue el resumen enriquecido de esa herencia de talento. Su cohesionado grupo pudo mantener sin temores ni dudas la poderosa fuerza de Los Provincianos. A ello le unía una franqueza y especial personalidad de atrayente trato.
Lo traje muchas veces como jurado del Festival de la Naranja de Villa Alegre. Era un espectáculo verlo llegar en una poderosa moto que conducía hábilmente. Su presencia y prestigio daba respetabilidad a las decisiones.
Pero además tenía sangre del fundador del Cuerpo de Bomberos de San Javier, don Isidoro Blanco, un castellano recio, meticuloso y de enorme capacidad de trabajo, como lo retrata su yerno Mariano Latorre.
De todo ello, mi querido amigo extrajo y aprovechó lo mejor de ese atavismo de alma, talento y sangre. Su partida fue sorpresiva, pero tampoco su carácter era para ejercer de enfermo postrado. Trabajó hasta el último día. Horas antes de su muerte estuvo en los trabajos del festival según me refiere mi hijo. Era así, enamorado de donde hubiese arte y expresividad.
Con su hijo Mario Oltra Güet, tan creativo como su padre, hicimos la historia del Cuerpo de Bomberos de Talca hace unos cuatro años. Pretendía fijar la verdad histórica de la fundación de ese organismo. No pudo contra “los poderes facticos”, pero dejó clavada una bandera que nadie moverá. Digno heredero de sus antepasados.
Querido amigo Mario, que tengas un merecido descanso.

JAIME GONZALEZ COLVILLE
Academia Chilena de la Historia





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