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El Diario del Maule Sur
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Opinión 12-07-2020
NERUDA Y LINARES: NATALICIO DEL 106 DEL POETA
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La primera vez que Neruda pasó en tren por Linares debió ser en marzo de 1921, rumbo a Santiago, con 17 años y en busca de un cupo en la carrera de arquitectura, lo que le apasionó tanto como la poesía.
El 23 de octubre de 1937, a su regreso de España, los escritores le ofrecen un banquete en la Quinta Normal. Julio Chacón del Campo, refiere que asistieron varios linarenses: Luís Manuel Rodríguez, Claudio Rosales Yánez, Jerónimo Lagos Lisboa, Bernardino Abarzúa Troncoso, Nazario Chacón del Campo, Januario Espinosa y, en representación de Parral, el profesor normalista Teófilo Belmar Pereira, ex - colega de doña Rosa Basoalto.
Intervienen Rubén Azócar, Edwards Bello, Alberto Romero y Marta Brunet. Por Linares, lo hacen Bernardino Abarzúa y Luis Manuel Rodríguez. Al término de estas palabras, Neruda se acerca a la mesa y abraza a sus comprovincianos.
El 7 de mayo de 1938, muere su padre, José del Carmen Reyes y viaja a Temuco. A su retorno, se queda unos días en Linares con su amigo Carlos Sepúlveda Leyton, con quien departe amistosamente. Pero no hay constancia en la prensa de ello.
La visita de Neruda de más relevancia a esta ciudad se produce estando ya creado el Grupo Ancoa, con los Olmos Jauch a la cabeza y traen a un invitado de connotación: Pablo Neruda. El poeta y su séquito, llega a la estación ferroviaria el 17 de noviembre de 1959 donde le esperan Olmos y Carlos Sepúlveda López, hijo del escritor. Aquí se ubica el episodio del pescado frito en “El Ruiseñor”, local cercano a la línea férrea. Don René Recabarren, entonces un joven maestro, está en una mesa con otros colegas, Los ve entrar raudamente y ubicarse en un rincón. No saludan. Pero el profesor Recabarren tiene un “mensaje” del rector del Liceo don Raúl Cáceres para el poeta: le pide que recuerde a la compañera del pedagógico, a la cual Neruda embarazó, para después evadirse no sin antes escribir “casi frente a ella” el poema Farewell:…”Desde el fondo de ti, y arrodillado, un niño triste, como yo, nos mira”, que dos años más tarde formaría parte de su libro “Crepusculario” de 1923. No nos ha explicado nuestro amigo don René por qué motivo no se puso de pie, golpeó la mesa y enrostró este acto al futuro premio Nobel. Cuando se retiran, Olmos les da las buenas noches, pero Neruda permanece taciturno.
En la casa de Arturo Prat 642 lo recibe el Grupo Ancoa en pleno, entre otros: Silvia Araya, Emilio González, Samuel Maldonado, Mario Dueñas, Temístocles Elgueta, el Dr. Miguel Cervantes, Jorge Pinochet, Carlos Pinochet Lastra, Bartolomé Cruces, Armando Álvarez, Manuel Francisco Mesa Seco, Rubén Campos Aragón, Alberto Reyes Lapiedra y Carlos Sepúlveda López.
Hubo discursos, poemas de Mesa Seco y Rubén Campos y cerró la ronda oratoria, la intervención de Neruda, con lectura de poesía y anécdotas.
El vate deja una composición para ser publicada, con el título de “Sonetos Inéditos”. Aparece en El Heraldo del 22 de noviembre de 1959. Una de sus estrofas dice:
“Como si greda o trigo, guitarras o racimos /De Linares defendieran en ti tu territorio /
Imponiendo el mandato de su aroma. /
HIJO ILUSTRE DE PARRAL
La última visita de Neruda es camino a Parral, el viernes 24 de noviembre de 1967, cuando Neruda (y su corte) llegan a la ciudad y a la consabida casa de los Olmos. En la mañana, mientras el pintor dicta su clase en el Liceo, se acerca a mi pupitre y me dice: “¿Quieres conocer a Neruda?, ven esta tarde un rato a mi casa”. Salvando el refrigerio de esa día, alrededor de las tres llegué a la mítica residencia de Arturo Prat. Gentes salían y entraban, pasaban bandejas con bebestibles, donde los visitantes se abalanzaban ante la promesa de “chicha de Melozal” u otros productos de la zona.
En un sillón, con su boina y una casaca de gabardina verdosa estaba Neruda, monologando con un entorno que integraban Emma, Teitelboim, Juvencio Valle, el profesor Leopoldo Llanos, algunos dirigentes de partidos de izquierda y otras personas que no recuerdo. El poeta hablaba con su sonsonete nasal, llamando a veces a Matilde por nimiedades (“pásame un lápiz, patoja”) o sugiriendo a Olmos algunas “cebollitas desflemadas” para la cena.
En un momento el pintor lo invitó a su taller y Neruda accedió. Olmos me hizo un gesto para seguirlo. Emma integró el grupo. Matilde lo obligó a colocarse un abrigo. En la casa la charla quedó a cargo de Juvencio Valle, quien despotricaba en contra de Roque Esteban Scarpa, mientras Homero Arce fumaba silencioso en un rincón oyendo a Volodia, con quien, quince años más tarde seríamos buenos amigos.
En el jardín, un fotógrafo, no sé quién (que me perdone Manuel Quevedo) nos tomó algunas vistas. No le di importancia en ese instante hasta que, casi treinta años después, las fotografías aparecieron en las cajas en que Emma “guardó su vida”, como ella decía.
En el taller, Neruda cogió unos pinceles y garrapateó colores sin mayor entusiasmo. Era una tela blanca y ahí quedaron las manchas, a las que el poeta rubricó con una “N”. Olmos Emma no supieron donde fue a dar el “nerudiano” cuadro y lo lamentaron.
Al día siguiente, sábado 25, Neruda embarcó hacia Parral. Allí sería declarado Hijo Ilustre.
Volví a ver a Neruda, por última vez, en 1972, en una cena que se le ofreció en un restaurante cerca de la Estación Central y a la que me invitó Oreste Plath. De nuevo, sólo oí su monologo.


JAIME GONZALEZ COLVILLE
Academia Chilena de la Historia

Prensa El Heraldo | Imprimir | 815
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