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El Diario del Maule Sur
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Opinión 11-10-2018
Niños felices, niños tristes
Felicidad es una palabra que todos usamos cotidianamente pero no somos capaces de definir con certeza. Y esto es lógico toda vez que, al ser un sentimiento, es subjetivo. Aristóteles, por ejemplo, lo veía como el resultado de llevar una vida “buena”, en tanto los hedonistas la definen como búsqueda del placer y Santo Tomas de Aquino como una vida de servicio a Dios y el filósofo Kant como una experiencia no atada a la moral.
Indicadores asociados a teorías de crecimiento económico han generado prácticas que propenden estados de felicidad en el trabajo, los gobiernos hacen encuestas a fin de evidenciar el grado de felicidad de sus ciudadanos y las campañas publicitarias, editoriales alternativas, industrias farmacéuticas y gurús de desarrollo personal nos invitan a comprar sus productos, asegurándonos que con ello seremos felices.
Pero si observamos nuestro entorno, particularmente a los jóvenes y niños, observamos rostros sombríos y ojos de tristeza. Mucho silencio, a pesar del ruido de la música que emiten sus equipos tecnológicos, son acechados por algo que no se parece a esa emoción que referimos. Entonces, bien vale volver a indagar ¿qué es la felicidad?.
Con la experiencia de los aconteceres propios, puedo aventurar que la felicidad es un estado de complacencia con el mundo propio y el que habitamos, en tanto alegría son chispazos que nos alumbran las oscuridades que matizan el ejercicio diario del vivir y que van enseñándonos a paladear esas luces para enfrentar con entereza los malos momentos.
Al hacer aquella diferencia podremos entender la falta de felicidad y el exceso de alegría en nuestros jóvenes y niños, quienes eufóricos tratan de vivir como nos venden las publicidades adentrándose en los peligrosos caminos de las adicciones y abusos. Hemos fallado, no logramos hacerles comprender que es bueno tener logros materiales o financieros pero igual de importante es que, cualquier acción de su vida por magna o mínima que pareciera, debe ser realizada con amor, dedicación y esmero, para que les lleve a sentirse complacidos, serenos y, desde aquel sentir, nazca la felicidad y una buena vida.
A aquello que tiene un gran valor, no podemos ponerle precio. Nuestros niños y jóvenes están esperando que los abracemos y, por sobre todo, les ayudemos a transitar en este difícil mundo que les hemos heredado, por ello les invito a reflexionar con una frase de un notable educador “La dulzura en el hablar, en el obrar y en reprender, lo gana todo y a todos.”(San Juan Bosco) Nuestros niños y jóvenes esperan mucho de nosotros. No les defraudemos!

(Patricio Araya, director del Liceo Diego Portales de Linares)
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