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El Diario del Maule Sur
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Opinión 21-02-2021
NOS ENFRENTAMOS CON LAS FUERZAS SOBRENATURALES DEL MAL. DOMINGO, 21 DE FEBRERO DE 2021 –
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Después de pasar 40 días en retiro ayunando en el desierto, Jesucristo fue tentado por Satanás (Mc. 1, 12-15). Jesucristo fue “sometido a las mismas pruebas que nosotros, pero a El no lo llevaron al pecado” (Hb.4,15). Lamentablemente a nosotros las tentaciones sí pueden llevarnos a pecar, pues éstas encuentran resonancia en nuestra naturaleza, la cual fue herida gravemente por el pecado original. No podemos pretender, entonces, no tener tentaciones. Ni siquiera podemos pretender nunca pecar, pues aun los santos han pecado y nos dice la Sagrada Escritura que el santo peca siete veces (cfr. Prov. 24, 16).
1.- Sin embargo, la clave del comportamiento ante las tentaciones nos la da esa cita de los Proverbios: “el justo, aunque peca siete veces, se levanta, mientras que los pecadores se hunden en su maldad”. La diferencia entre el que trata de ser santo y el pecador empecinado no consiste en que el santo no peque nunca, sino que cuando cae se levanta, más el pecador empecinado continúa sin arrepentirse y cometiendo nuevos pecados. Nadie puede eludir el combate espiritual del que nos habla San Pablo: “Pónganse la armadura de Dios, para poder resistir las maniobras del diablo. Porque nuestra lucha no es contra fuerzas humanas... Nos enfrentamos con los espíritus y las fuerzas sobrenaturales del mal” (Ef. 6, 11-12). Nadie, entonces, puede pretender estar libre de tentaciones. Es más, Dios ha querido que la lucha contra las tentaciones tenga como premio la vida eterna: “Feliz el hombre que soporta la tentación, porque después de probado recibirá la corona de vida que el Señor prometió a los que le aman” (St. 1, 12).
2.- Las tentaciones de Jesús en el desierto nos enseñan cómo comportarnos ante la tentación. Debemos saber, ante todo, que el demonio busca llevarnos a cada uno de los seres humanos a la condenación eterna. De allí que San Pedro, el primer Papa, nos diga lo siguiente: “Sean sobrios y estén atentos, porque el enemigo, el diablo, ronda como león rugiente buscando a quién devorar” (1 Pe. 5, 8). Luego debemos tener plena confianza en Dios. Cuando Dios permite una tentación para nosotros, no deja que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas. Tenemos que saber y estar realmente convencidos de que, junto con la tentación, vienen muchas, muchísimas gracias para vencerla. “Dios no permitirá que sean tentados por encima de sus fuerzas. Él les dará, al mismo tiempo que la tentación, los medios para resistir” (1 Cor. 10 ,12).
3.- ¿Cómo luchar contra las tentaciones? La oración es el principal medio en la lucha contra las tentaciones y la mejor forma de vigilar. “Vigilen y oren para no caer en tentación” (Mt. 26, 41). “El que ora se salva y el que no ora se condena”, enseñaba San Alfonso María de Ligorio. ¿Qué hacer ante la tentación? Despachar la tentación de inmediato. ¿Cómo? También orando, pidiendo al Señor la fuerza para no caer. Nos dice el Catecismo: “Este combate y esta victoria sólo son posibles con la oración” (#2849). “No nos dejes caer en tentación”, nos enseñó Jesús a orar en el Padre Nuestro. La oración impide que el demonio tome más fuerza y termina por despacharlo. Sabemos que tenemos todas las gracias para ganar la batalla. Porque... “si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?” (Rom. 8, 31).
4.- Y después de la tentación ¿qué? Si hemos vencido, atribuir el triunfo a Quien lo tiene: Dios, que no nos deja caer en la tentación. Agradecerle y pedirle su auxilio para futuras tentaciones. Y si hemos caído, saber que Dios nos perdona cuántas veces hayamos pecado. Pero requiere –eso sí- nuestro arrepentimiento y deseo de no pecar más. Y nos espera en el Sacramento de la Confesión para darnos su perdón.
¿Cómo es el proceso de la tentación? Pensemos en Jesús ante las tentaciones en el desierto. Él despachó de inmediato al demonio. No entró en un diálogo con el Enemigo, sino que le respondió con decisión y convencimiento. Pensemos, en cambio, en Eva. Analicemos las palabras del Génesis (Gn 3, 1-10) sobre la tentación original: El demonio se acerca y propone un tema de conversación: “¿Así que Dios les ha dicho que no coman de ninguno de los árboles del jardín?”. Y la mujer, en vez de despacharlo de inmediato, comienza un diálogo: “Podemos comer de los frutos de los árboles del jardín, menos del fruto del árbol que está en medio del jardín, pues Dios nos ha dicho: No coman de él ni lo toquen siquiera, porque si lo hacen morirán”. Con este diálogo la mujer se expuso a un tremendo peligro. Porque… si sabemos que Dios tiene algo prohibido –como Adán y Eva en el Paraíso- el entretenernos en una duda de Fe, en un pensamiento equivocado o en darle rienda suelta a algún deseo inconveniente, es ya caer en la trampa del Demonio. No nos damos cuenta, pero con eso, ya caímos en el diálogo.
Conclusión: Volvamos a Eva: el Demonio, astutísimo como es y, además, inventor de la mentira, podía hacerla sucumbir, pues es ángel –ángel caído, pero ángel al fin, con poderes angélicos superiorísimos a las cualidades humanas. De hecho, sabemos lo que sucedió: ya entablado el diálogo, ya debilitado el entendimiento de la mujer, el Demonio pasa a hacer una proposición directa al pecado, una mentira, pintándole un panorama maravilloso: ser como Dios: “Y dijo la serpiente a la mujer: No morirán. Es que Dios sabe que si comen se les abrirán los ojos y serán como Dios, conocedores del bien y del mal”. Puede el Demonio también ofrecer una felicidad oculta detrás del pecado, insinuando además que nada malo nos sucederá. Que además podemos arrepentirnos y que Dios es misericordioso. A estas alturas de la tentación, todavía está el alma en capacidad de detenerse, pues la voluntad aún no ha consentido. Pero si no corta enseguida, las fuerzas se van debilitando y la tentación va tomando más fuerza. Luego viene el momento de la vacilación. “Vio, pues, la mujer que el fruto era bueno para comerse, hermoso a la vista y apetitoso para alcanzar la sabiduría”. Sobreponerse aquí es muy difícil, pero no imposible. Sin embargo, el alma ya está muy debilitada ante el panorama tan atractivo que le ha sido presentado. “Y tomó el fruto y lo comió y dio también de él a su marido, que también con ella comió”. Ya el alma sucumbió, dando su consentimiento voluntario al pecado. Y lo que es peor: hizo caer a otro. Cometió un pecado doble: el suyo y el de escándalo, haciendo que otro pecara. Luego viene el momento de la desilusión: ¿dónde está el maravilloso panorama sugerido por el enemigo? “Se les abrieron los ojos a ambos y, viendo que estaban desnudos, tomaron unas hojas de higuera y se hicieron unos cinturones”. El alma se da cuenta que se ha quedado desnuda ante Dios y de que ha perdido la gracia (Dios ya no habita en ella). El remordimiento sigue a la desilusión. Y ante este llamado de la conciencia, puede uno esconderse, rechazando la voz de Dios o puede el alma arrepentirse y pedir perdón a Dios en el Sacramento de la Confesión. Recordar siempre que tenemos todas las gracias necesarias para el combate espiritual. San Pablo refiere lo siguiente: “Y precisamente para que no me pusiera orgulloso, después de tan extraordinarias revelaciones, me fue clavado en la carne un aguijón, verdadero delegado de Satanás, para que me abofeteara. Tres veces rogué al Señor que lo alejara de mí, pero me respondió: ‘Te basta mi gracia’” (2 Cor. 12, 7-9). Aparte de esta actitud de continua confianza en Dios y de vigilancia en oración, hay conductas prácticas convenientes de tener en cuenta ante las tentaciones: Durante la tentación: orar con mucha confianza y resistir con la ayuda que Dios ha dispuesto. Después de la tentación: si hemos caído, arrepentirnos y buscar el perdón de Dios en la Confesión. Y si no hemos caído, Referir el triunfo a Dios, no a nosotros mismos, pues a Él debemos el honor, la gloria y el agradecimiento.
(*) Mario A. Díaz M. es: Profesor de Religión y Filosofía. Licenciado en Educación. Egresado de la Universidad Católica del Maule
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