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El Diario del Maule Sur
FUNDADO EL 29 DE AGOSTO DE 1937
Hoy
Opinión 25-03-2020
Pandemias y pestes que han afectado Chile, el Maule y desde luego Villa Alegre


DE LA VIRUELA, muy agresiva y mortal, se habla en el otoño 1619. Abarcó desde Santiago hasta Bio Bio, pasando por el Maule y Loncomilla de entonces, con miles de muertos, que muchas veces quedaban insepultos por el temor de acercarse a los restos, lo cual persistió hasta principios del siglo XX. El fatídico cuadro se repitió en 1620, 1653 y 54. No se sabe exactamente cuántas víctimas ocasionó.
En 1787 y 1790, la peste llegó a Cauquenes, Parral y Linares. Se estableció un cordón sanitario en el río Maule. Solo las partidas de defunción de las parroquias, suman más seis mil muertos. En esa época se descubrió que los aborígenes se bañaban y bebían grandes cantidades de agua fresca apenas aparecían los granos, lo cual hizo que muchos se recuperarán.
Una acción emprendida por algunos médicos en 1884, fue la fumigación de casas mediante desinfectadores, lo cual se efectuaba en ranchos y convenillos. Escenas similares se han visto en estos días.
En esa época se fundó el primer Instituto de Higiene en Santiago, dirigido por el Dr. Federico Puga Borne e integrado por los doctores José Joaquín Aguirre, Presidente del Consejo Superior de Higiene y Lucio Córdova, primer director del Desinfectorio Público. La tarea desarrollada por este organismo fue bastante efectiva en la prevención del mal. Cuando se preparaba la instalación de un servicio en Talca y Chillán la Junta Militar que reemplazó a Arturo Alessandri en 1924 cerró este establecimiento, dejando sin atención a los más desposeídos del país. Para los apestados, a veces familias enteras, se ubicaron lazaretos. En Villa Alegre se instaló uno en el camino a Cerrillos, en esa época un sector despoblado.
En definitiva, la viruela se consideró erradicada del continente americano en 1950. Pero se han seguido reportando casos.
LA TUBERCULOSIS
Llamada la “peste blanca” o “enfermedad de los artistas”, aun cuando en el planeta es de larga data, en Chile aparece en la primera mitad del siglo XIX, contagiándose rápidamente entre los sectores más desvalidos. La enfermedad se anidaba bacterialmente en los pulmones, aun cuando puede darse en forma extra pulmonar. Se caracterizaba por el adelgazamiento del paciente y la segregación de sangre en la saliva por el daño del aparato respiratorio.
Por ser de muy fácil incubación en personas jóvenes, la enfermedad, que era asintomática en sus comienzos, llegó a todos los hogares sin distinción de clases: varios hijos de Andrés Bello y de Vicuña Mackenna murieron por su causa.
Por sus características respiratorias, se pensaba que el aire puro podía contribuir a la recuperación. De esta forma se fundó el conocido sanatorio de San José de Maipo y el Peral de Santiago, mientras que en el Maule se construyó el de Los Maitenes, en San Clemente y quedó en estudio uno en Loncomilla, donde fueron llevados cientos de enfermos de toda la región, con un alta mortalidad y escasos recuperados. Nobles médicos, como los doctores Juan Manuel Salamanca, César Caravagno o José Dionisio Astaburuaga, prestaron servicios en forma alternada en ese centro. Caravagno, mediante donaciones y aportes personales, lograr traer desde Europa, en 1928, un avanzado equipo de Radiología y Radioterapia – único en Chile - que permitió exámenes y diagnósticos más precisos.
Pero las víctimas de esta enfermedad son de nombres destacados y en su mayoría poetas de vida bohemia, trasnochadas y alcohol, es decir, con campos de cultivo apropiados para la mortal bacteria: Pezoa Veliz en 1908, Raimundo Echevarría en 1924, Armando Ulloa en 1929, Romeo Murga y otros de esa época, van a parar al sanatorio y de ahí a la otra vida. La madre de Neruda y el Presidente Aguirre Cerda son otras de las víctimas de la TBC. El reconocido escritor Oscar Castro engrosa esta lista en 1947 Aun cuando Roberto Koch había descubierto en 1882 a la bacteria, la vacuna sólo se logra en 1921. Un médico chileno, de especialidad tisiólogo, el Dr. Sótero del Rio Gundían, participa en las investigaciones con los científicos franceses Albert Calmette y Camille Guerin. A estos estudiosos les fueron de gran valor las estadísticas, tratamientos y otros detalles que llevó desde Chile el entonces joven profesional. De vuelta a Chile, le cupo atender a un joven de nombre Raúl Hasbún, cuyo cuadro de tuberculosis era muy avanzado. Le aplicó los primeros antibióticos producidos y superó la infección. El sacerdote suele repetir: “Le debo mi vida a un masón”.
Pese a las gran cantidad de fallecidos por esta enfermedad, la vacuna, enviada a Chile por preocupación de sus descubridores en la década del 30, se demoró en su aplicación por causa de varios inoculados de Europa que murieron. En esta tarea de aplicación del antídoto le cabe importante labor al Dr. Aníbal Ariztía, con raíces en Linares y Longaví. Tras varias discusiones, la vacuna se difundió masivamente a contar de 1938, para imponerse como obligatoria en 1950. No obstante, las organizaciones de salud estiman que la enfermedad no está definitivamente erradicada, por cuanto aún se reportan casos.
Chile superó esas y otras enfermedades masivas. Estamos ciertos que la ciencia moderna, logrará, de igual forma, ubicar el antídoto para la que hoy se difunde.



JAIME GONZALEZ COLVILLE
Academia Chilena de la Historia



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