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El Diario del Maule Sur
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Hoy
Opinión 13-03-2018
Por la razón de la fuerza
A Jorge Baradit lo han tapado a insultos en las redes debido a ciertas apreciaciones suyas respecto al gobierno de Michelle Bachelet, que recién termina. Obviamente quienes han proferido tales dicterios son personas que no saben argumentar. Porque sean, indistintamente, las opiniones del escritor coincidentes o no con las propias, existe siempre la posibilidad de refutar allegando razones, las cuales enriquecerán no solo la discusión, sino también a quienes la leen. No seremos nosotros quienes salgamos a a defender a ese personaje que se ha paseado por os medios de comunicación de nuestro país. Sin embargo, el derecho y el afán por la reflexión es consustancial a la naturaleza de quienes usualmente escribimos en los órganos de prensa. Y henos aquí, elucubrando acerca de la pertinencia o no de todo el sartal de detractores que se pronunciaron contra ese hombre de letras (tampoco se nos escapa el hecho que la razón se impone, en definitiva, a la fuerza, por lo cual se requieren también otras artes).
Metamos aquí a los peruanos. Periodistas y políticos del Rímac han pronunciado palabras de admiración y elogio referidas al "alto espíritu cívico" de los chilenos. Han ponderado la forma en que se han desenvuelto los protagonistas de las últimas luchas electorales y cómo los derrotados se hacían lenguas en congratulaciones hacia sus vencedores (incluso cualquiera hubiese dicho que se sentían felices y agradecidos que los hayan desplazados de la contienda). Todo ese comportamiento provocaba sana envidia entre nuestros vecinos y añoraban tales prácticas en el seno de su propia vida ciudadana. Y nosotros, orgullosos.
Sin embargo, cualquier sujeto medianamente inteligente sabe que detrás de las buenas maneras se esconden rivalidades enconadas y anhelos de revancha inminente. En la antigua Roma, cuando un personero de la alta política se convertía en un adversario de riesgo, hablaba la espada o el veneno y así la pista quedaba libre y la tierra saneada. A alguno no le faltará gana que vuelvan esos buenos tiempos, pero debemos decirle que eso ya no hace falta. De hecho, por el estrecho suelo de nuestra patria y en derredor del mundo, deambulan muchos cadáveres políticos, convertidos en zombis por la habilidad y acción implacables de los verdaderos triunfadores en política. Esos que no caen nunca o bien, caen, pero para arriba. Dejan de ser ministros, luego son parlamentarios; posteriormente no son elegidos y se convierten en embajadores o encargados de negocios. Cuando abandonan la política, la mayoría es reclutada por la empresa privada y pasan a ocupar rentables sillones en directorios de empresas. Pero a diestra y siniestra quedan los caídos en la lid, los que no dieron el ancho o los que sucumbieron a los cantos de sirena. Así que, oh vecinos, no todo lo que brilla es oro.
La descalificación, el insulto, la condena y la diatriba constituyen las prácticas favoritas al momento de mostrar nuestras preferencias, frustraciones o desacuerdos. Y lamentablemente tienen que ver más bien con nuestras frustraciones. La irrealización de nuestros proyectos e ilusiones, aparentemente truncadas por las medidas desacertadas, según propio entender, de tal o cual gobierno. Solemos pensar que nuestros intereses encabezan las listas de quienes están en el poder, cuando en realidad puede que sea lo contrario. La historia, la política y el devenir económico de un país y la gestión de los mismos, tienen que ver más bien con la homestásis del sistema (léase "El Gatopardo" de Lampedusa). Así que cuando en la escuela nos enseñan historia, claramente no nos están enseñando la verdad, sino un sustituto de la misma, un placebo, cuyo fin es formar ciudadanos funcionales a la propuesta de sociedad establecida por los poderes fácticos. La gracia de Beredit es que ha leído, así que no es llegar y descalificarlo así como así. ¿Qué nos historiador? Bueno, y nosotros tampoco, pero eso no nos impide ser seres racionales y críticos. Los episodios planteados e interpretados por este escritor de ficción son reales y documentados en fuentes del más diverso pelaje, desde Francisco Antonio Encina hasta Gabriel Salazar. A propósito de esto, recomiendo "Historia Nacional de la Infamia" de Gonzalo Peralta. Entretenido e ilustrativo.

Mucho me molestaba cuando éramos niños oír a mi hermana decir que la Historia era solo mentiras, en circunstancias que era mi ramo favorito. No obstante, con sostenidos y bemoles, esta disciplina del conocimiento es, al menos, discutible y sus aseveraciones son relativas. Recuerden el viejo adagio "La historia la escriben los vencedores". ¿Quién no podría decir que la Colonia quizás no era tan mala? ¿Que la gesta independista fue una pérdida de derechos para la gente y la acumulación de poder en cierta oligarquía? ¿O que muchos países no deseaban la independencia o bien que la Guerra del Pacífico significó un descalabro económico para el país, mas no así para los capitalistas del salitre?
La otra posibilidad es seguir durmiendo el sueño de los justos y enrabiarse con aquellos que intentan alternativas de respuesta.


Juan Omar Gajardo Q.
Prensa El Heraldo | Imprimir | 243
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