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El Diario del Maule Sur
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Hoy
Opinión 03-07-2020
Reflexiones sobre un nuevo modelo de civilización post pandemia
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Carlos Cabezas Gálvez Escritor y ensayista

Boaventura de Sousa Santos, sociólogo portugués, aborda el COVID-19 desde una apreciación alejada de la retórica conflictiva habitual. Considera el virus como una ventana de aprendizaje.
¿Por qué?
El virus es un pedagogo que nos está intentando decir algo. El problema es saber si vamos a escucharlo y entender que nos está diciendo. Los virus son fundamentales para la vida, para los animales, para la naturaleza y también para nosotros, pero hemos alterado los ciclos vitales de la naturaleza y de los animales y por eso hay cambios, trastornos en las transmisiones de virus y que pueden llegar a los humanos. Si matamos el virus, pero seguimos con el mismo modelo de desarrollo, de Estado, de sociedad…van a venir otros.
El filósofo Hans Jonas ya hablaba de la heurística del temor con “su ética de la responsabilidad”. Lo que está claro es si alguna vez la humanidad ha aprendido de las catástrofes.
“Debemos pensar formas autónomas de organización ciudadana más allá de los partidos”.
En su libro, avanza en tres posibles escenarios tras la pandemia.
En el primer escenario… las cosas empeoran. La idea es volver a una normalidad que nunca va a llegar y que, con la crisis que tenemos ahora, nos va a generar una sociedad aún más injusta, más insegura y mucho menos democrática, donde aparecerán más fuertes represiones del tipo fascista y segregacionistas. Es el escenario que vamos a tener si nada cambia. El capitalismo financiero va a seguir endeudando a los países. Ya pasó en Ecuador que, para pagar al Fondo Monetario Internacional (FMI) no ha tenido cómo enterrar a los muertos de Guayaquil, y que ha sido un laboratorio de lo que va a suceder en otros países. Es el peor escenario posible.
El segundo escenario… es cambiar para que todo quede igual. Los capitalistas están convencidos de que, si quieren mantener sus privilegios y continuar ganando, tiene que cambiar algo. No lo harán para cambiar el sistema ni para dejar de ser capitalistas, pues quieren seguir ganando, pero tienen que cambiar algo. Se habla, por ejemplo, de perdonar algunas deudas, pero no de cambiar el modelo de desarrollo ni sus estructuras jurídicas como sus constituciones políticas. En este marco, llegará un punto donde tengamos conflictos de reivindicaciones sociales y de derechos fundamentales para mantener las libertades democráticas y la dignidad.
El tercer escenario… es el de la alternativa civilizatoria y es el paso razonado que hay que dar. Esta civilización viene desde hace cinco o seis siglos y está llegando al final, sobre todo, en lo que respecta a nuestras relaciones con la naturaleza… que no tienen precedentes. Es el hecho de intentar convertir la naturaleza en un recurso obligado infinitamente disponible. En este paradigma, hay que intentar cambiar hacia otro modelo de desarrollo, hacia otro modelo de consumo, hacia otra matriz energética, hacia otro tipo de economías plurales. Esta pandemia es una ventana de oportunidades para empezar a cambiar las cosas. Es este un proceso histórico que se necesitará décadas de lucha y de perfeccionamiento para lograrlo.
Vamos a tener un período de transición, no podemos cambiar de forma inmediata a otro modelo civilizatorio; habrá un período de décadas de transición. Por eso Hans Jonas dedica una buena parte del libro a los estudios de transición hacia sociedades postcapitalistas, postcolonialistas y postpatriarcales, que para él son las tres cabezas de la dominación. Se trata de una transición profunda con dos pasos iniciales, pues, son en los que podemos tener un poco más de consenso y en las transiciones hay que crear algunas alianzas mínimas para posibilitar los cambios: la primera cambiar este modelo de desarrollo que perpetúa la desigualdad en todas sus manifestaciones y derechos esenciales y las relaciones con la madre tierra; el segundo es la refundación del Estado.
Respecto a la refundación del Estado, éste tiene que ser refundado, porque esta democracia liberal ha llegado a su límite. Esta democracia liberal no defiende a la gente, ni a la biodiversidad, ni al medio ambiente, ni a los recursos naturales.
Decimos que en Europa tenemos las democracias más consolidadas, pero el continente es una mezcla de arrogancia y de neoliberalismo… una mezcla tóxica que muestra que los llamados países desarrollados están defendiendo peor la vida de la gente que los países menos desarrollados. Sudáfrica, por ejemplo, está entendiendo mucho mejor el virus que Holanda, España o Italia. Si se analiza el que se considera el país más desarrollado del mundo, Estados Unidos, resulta ser un Estado fallido. Con su poderío militar puede destruir este planeta varias veces, pero que no sabe defenderse de un virus ni tiene un Estado que pueda mostrar la protección de la vida del ser humano primero y de la economía después.
Al contrario, afirma que la economía es lo primero. Es un sacrificio de vidas como solución final de las políticas sociales: la única manera de resolver las políticas sociales dejando morir a los que no son productivos. ¿Quién muere en Nueva York? Negros, empobrecidos. ¿Y en Brasil? Negros, empobrecidos. Es repugnante pensar que se puede prosperar por encima de un montón de cadáveres. En Europa es un poco distinto porque hay unas clases medias un poco más altas; es lo que pasa en Suecia, que teme ahora un caso de desastre al no haber hecho confinamiento. Pero ¿quién muere en Suecia? Los inmigrantes, en un porcentaje muy alto, que son quienes no se pueden quedar en casa y que están cuidando de los ancianos.
Ese cruel darwinismo social está por ahí. Esta democracia confinada, por el despotismo, en su valor por la vida, es necesario complementarla con una democracia participativa y deliberativa en el ámbito nacional. Por eso, en la transición democrática y paradigmática que propone, uno de los pilares es la reforma política del Estado. Por ejemplo, no podemos quedarnos con tres órganos de soberanía, necesitamos un cuarto de control democrático y deliberativo de los ciudadanos. Siguiendo con esa reflexión, comenta que la democracia representativa va a morir mediante la elección de líderes antidemocráticos como Jair Bolsonaro, Donald Trump o Viktor Orbán. Ante esta perspectiva, cabría preguntarse si en una nueva organización social, habrá la suficiente imaginación transformadora como para democratizar la democracia o si, por el contrario, necesitan que el propio sistema se suicide para poder transformarlo.
Debemos pensar formas autónomas de organización de los ciudadanos, más allá de los partidos. Los partidos convencionales no tienen futuro, tienen necesidad de convertirse en partidos-movimientos, donde los programas y la elección de los candidatos, sea hecha por los ciudadanos y no por las oligarquías partidistas. Hay que radicalizar la democracia. La revolución tiene que ser una radicalización total de la democracia, donde se erradique la corrupción. El concepto “democracia” que existe hoy, es una isla democrática en un archipiélago de despotismos: despotismos en la familia, en las empresas, en el espacio público, el racismo, la manipulación de la información, en las casas con la violencia contra las mujeres… No hay forma de democratizar solo el espacio político, hay que democratizar la sociedad en sí misma. Por eso es una radicalización total y revolucionaria, que va en favor de la afirmación de la vida y de la dignidad de la gente.

Carlos Cabezas Gálvez Escritor y ensayista
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