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El Diario del Maule Sur
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Opinión 10-05-2017
René Ariste Rojas: un hombre bueno y sabio
El “Chino Ariste” fue un educador de esos que ya no existen, dedicado, incisivo, deslenguado, pero sobre todo, sabio y comprensivo. De sus palabras se formaron jóvenes que aprendieron a ver el mundo con algo de sentido, más allá de los discursos y las palabras de buena crianza, que siempre terminan alabando a los grandes hombres que terminan olvidados.
Yo no fui su alumno, pero sí mis hermanos y ellos me hablaron reiteradamente de quién y cómo hacía sus clases el Chino. Por lo mismo un día, en los años 80 fui a conocerlo y desde ese momento nuestra amistad perduró en el tiempo. Leí sus textos inéditos sobre Andrés Bello, Bartolomé de las Casas, Romeo Murga, Benito Juárez, etc. En conjunto hicimos gestiones para que alguna editorial publicara alguno de sus libros: nunca tuvimos éxito. Le transcribí íntegramente una larga carta manuscrita que le hiciera a la Pdta. Bachelet en su primer gobierno, donde René Ariste, preso del entusiasmo de que una mujer llegara al poder, le contaba su vida, sus sueños, sus esperanzas y anhelos de que alguien alguna vez se preocupara de sus libros. Nada. El silencio. Yo le decía al Chino que aquello era difícil, que una dignataria no tenía tiempo ni interés en preocuparse de cosas menores. Así y todo, su ingenuidad era enternecedora: no perdía la esperanza y ese entusiasmo me contagiaba. En algún momento podría pasar algo con sus libros. Nunca sucedió, salvo una edición sobre la vida de Romeo Murga. En lo demás, con mi hermano Luis se realizó una edición doméstica de un trabajo que efectuara sobre una de mis novelas: Sus desnudos pies sobre la nieve.
El antecedente fue en el verano del año 1990, hace 27 años; pasé a ver al Chino en una de esas habituales visitas en que nos reuníamos para hablar de los clásicos, de la literatura griega, de los insignes maestros de la narrativa chilena que el manejaba con tanto conocimiento, de su propia vida, de sus orígenes, de las familias que lo criaron siendo pequeño. En fin, ya casi al término de una de esas visitas me extiende un manuscrito de más de 100 páginas: “La catedral sumergida”. Era el texto ensayo que había escrito durante dos veranos en sus vacaciones. Recuerdo que lo recibí emocionado. No podía creerlo. Cómo podía ser que se hubiera dado el trabajo, no solo de leer mi novela, sino de elaborar un ensayo profundo, de una erudición sorprendente. Cuando terminé su lectura recuerdo que alguna lágrima furtiva corrió por mis mejillas.
A veces pasaban meses o incluso años, pero en cada paso por Linares, me daba un tiempo para visitarlo y conversar de cualquier tema trascendente. Era un apasionado de los grandes pensadores, de las novelas clásicas, Mobby Dick de Melville, de Dickens, de Lope de Vega, de Unamuno, de Amado Alonso, de los españoles del siglo de oro que manejaba al dedillo. Yo lo escuchaba y ocasionalmente le rebatía cuando mis torpes conocimientos me lo permitían.
El Chino Ariste fue un personaje en el mejor sentido de la palabra: ingenioso, con un sentido del humor único y sobre todo, de un cariño a toda prueba. Le dolía en el alma el golpe militar y no podía entender cómo la gente carecía de la elemental necesidad de entendimiento. Le parecía tan fácil comunicarse entre los seres humanos y encontraba que era tan ridículo y absurdo poner distancias económicas o sociales entre ellos. Su candor era casi contagioso.
Quizás por esa bondad natural que lo ennoblecía decidí dedicarle mi novela El contagio de la locura. El Chino era un loco hermoso, bueno y sabio, un loco al que no se supo querer ni valorar en este mundo, quizás porque siempre estuvo más allá del mismo. Como a Van Gogh olvidado y sin que vendiera un mísero cuadro en vida, El Chino Ariste no vio entre sus manos, salvo lo mencionado, ni uno solo de sus tantos y portentosos libros inéditos.
Tal vez ahora alguien se preocupe de ellos. Como en todo tiempo y lugar alguien aparecerá y descubrirá sus obras y nos preguntaremos cómo fue posible que nunca nadie las editara.
Suele ocurrir. Pero quedará en el recuerdo imborrable de su esposa y su familia, de sus nietos, de quienes tuvimos la fortuna de conocerlo en la intimidad y de saber que un hombre bueno y sabio pasó sembrando amor por este mundo y que perdura en uno para siempre.
Descansa en paz querido Chino Ariste.

(Juan Mihovilovich)
Prensa El Heraldo | Imprimir | 913
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