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El Diario del Maule Sur
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Opinión 23-04-2016
¿Sabía Ud. por qué es interesante el libro “¿Por qué los chilenos hablamos como hablamos?”, de Darío Rojas?
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El texto es entretenido, a veces denso por el detalle de la evolución en lo gramatical, pero es muy esclarecedor en lo general, ya que hace que sepamos más sobre el idioma mediante el cual nos comunicamos.

A la pregunta sobre ¿cómo hablamos los chilenos? Habría que agregar además, el considerar ¿cómo los propios chilenos hemos creído y creemos que hablamos?

Aparece en el texto todo un análisis histórico de nuestro lenguaje, desde los tiempos del uso del latín, del habla en España, durante la Conquista en América y de su evolución a partir de ese momento. En este último aspecto, se comentan cartas y crónicas que ilustran acerca del habla en Chile en tiempos de la Colonia y de la Independencia, tomando en cuenta, además, alguna influencia que tuvo el idioma de los naturales del territorio, ya que los colonizadores, por supuesto, no encontraron un continente deshabitado. Se menciona no sólo la influencia que tuvieron las lenguas indígenas en el hablar nuestro, sino otros aportes de origen europeo. Sin ir más lejos, el idioma español que conocemos, cuenta con alrededor de 4000 mil vocablos de origen árabe (alcachofa, azúcar, álgebra) y dialectos (chocolate, canoa, tabaco, tomate, jaguar, Talca, Teno, Rancagua, Ñuñoa, Maipú, etc.). Esto hizo que en 1905 y 1910 se publicara un “Diccionario etimológico de las voces chilenas derivadas de lenguas indígenas americanas”, de Rodolfo Lenz, y que fue reeditado en 1978.

Es interesante saber que cada país hispanohablante tiene palabras que le son peculiares. En consecuencia, no aparece como cierto que al hablar de “el español de América”, se esté refiriendo a una forma de hablar homogénea. Además, ha habido en la historia nuestra, cambios ortográficos con la “i” o la “y”, incluso, las reglas modernas como el uso de la “h” ,no fueron establecidas sino hasta el Siglo XVIII.

En el trabajo de ordenar el lenguaje y poder hacer común el entender lo que se quería decir con las palabras, surgió la primera “gramática de la lengua castellana”, del humanista Helio Antonio de Nebrija, en el año 1492. Años después en 1611 Sebastián de Covarrubias publicó el “Tesoro de la lengua castellana o española”, y en 1713 se fundó en Madrid la Real Academia Española (RAE), que edita en 1780 la primera versión del Diccionario de la RAE que conocemos actualmente, y que lleva 23 ediciones, la última de octubre del 2014.

En Chile, el año 2010, la Academia chilena de la lengua publicó el “Diccionario de uso del español de Chile”, que recoge el vocabulario diferencial del habla chilena, es decir, que no se usa en el español de España o se usa con un sentido distinto, son pues peculiaridades léxicas que poseemos y que es parte de la cultura inmaterial del país. Sobre este asunto, uno de los primeros en llamar la atención sobre supuestas incorrecciones del habla chilena fue el gramático, jurista y político venezolano- chileno Andrés Bello (1781-1865) a quien le preocupaba la enseñanza del “buen lenguaje” para contribuir a la formación de ciudadanos capacitados para participar de manera óptima en el proceso de formación política y cívica del naciente estado chileno. También se destaca como contraparte el libro “Voces usadas en Chile”, publicado en el 1900, por el abogado y político Aníbal Echeverría y Reyes, quien fue muy criticado entre sus contemporáneos por incluir en la sección de vocabulario de su obra una serie de palabras consideradas vulgares en ese entonces (y la mayoría hasta hoy) pero que tienen uso vigente en la actualidad y que hace pensar que no eran tan antiguas.

Hay mucha información, que hace concluir que las características que hoy tienen las distintas variedades del español, no son producto de una “corrupción” lingüística moderna, ni son culpa de la “deformación” del lenguaje por parte de los jóvenes de hoy, ni tampoco reflejo de alguna esencia psicológica o moral viciada, como a veces se oye decir, sino que vienen siendo fenómenos con una tradición histórica y que forma parte –de alguna manera- de la identidad cultural.

Finalmente, habría que decir que nuestro hablar no es ni mejor ni peor que otros. Lo importante a mi juicio, es que podamos entendernos. Decían los griegos: “Definid y no discutiréis”.

¡Es mi palabra!

GASPAR DOYLE
Prensa El Heraldo | Imprimir | 2667