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El Diario del Maule Sur
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Opinión 18-06-2017
Solemnidad del cuerpo y sangre de Cristo Domingo 18 de junio de 2017
Jesucristo murió, resucitó y subió a los Cielos, y está sentado a la derecha de Dios Padre. Pero también permanece en la hostia consagrada, en todos los sagrarios del mundo. Y allí está vivo, en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad; es decir: con todo su ser de Hombre y todo su Ser de Dios, para ser alimento de nuestra vida espiritual. Es este gran misterio lo que conmemoramos en la Fiesta de Corpus Christi. El Jueves Santo Jesucristo instituyó el Sacramento de la Eucaristía, pero la alegría de este Regalo tan inmenso que nos dejó el Señor antes de partir, se ve opacada por tantos otros sucesos de ese día, por los mensajes importantísimos que nos dejó en su Cena de despedida, y sobre todo, por la tristeza de su inminente Pasión y Muerte. Por eso la Iglesia, con gran sabiduría, ha instituido esta festividad en esta época en que ya hemos superado la tristeza de su Pasión y Muerte, hemos disfrutado la alegría de su Resurrección, hemos también sentido la nostalgia de su Ascensión al Cielo y posteriormente hemos sido consolados y fortalecidos con la Venida del Espíritu Santo en Pentecostés. La Eucaristía es el Regalo más grande que Jesús nos ha dejado, pues es el Regalo de su Presencia viva entre los hombres. Al estar presente en la Eucaristía, Jesucristo ha realizado el milagro de irse y de quedarse. Cierto que se ha quedado -dijéramos- como escondido en la Hostia Consagrada, pero su Presencia no deja de ser real por el hecho de no poderlo ver.
1.- En efecto, es tan real la presencia de Jesucristo, Dios y Hombre verdadero en la Eucaristía, que cuando recibimos la hostia consagrada no recibimos un mero símbolo, o un simple trozo de pan bendito, o nada más la hostia consagrada -como podría parecer- sino que es Jesucristo mismo penetrando todo nuestro ser: Su Humanidad y Su Divinidad entran a nuestra humanidad -cuerpo, alma y espíritu- para dar a nuestra vida, Su Vida, para dar a nuestra oscuridad, Su Luz. Y nuestra alma necesita de ese alimento espiritual que es el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Así como necesitamos del alimento material para nutrir nuestra vida corporal, así nuestra vida espiritual requiere de la Sagrada Comunión para renovar, conservar y hacer crecer la Gracia que recibimos en el Bautismo, gracia que es la semilla de nuestra vida espiritual. “Quien come Mi Carne y bebe Mi Sangre permanece en Mí y Yo en él” (Jn.6, 56.)
2.- Es así como, recibiendo a Jesucristo en la Eucaristía, dice el Señor a Santa Catalina de Siena, “... el alma está en Mí y Yo en ella. Como el pez que está en el mar y el mar en el pez, así estoy Yo en el alma y ella en Mí, Mar de Paz...” (cf. “El Diálogo”). El misterio del Cuerpo y la Sangre de Cristo es un misterio de Amor, pues la presencia viva de Jesucristo en la hostia consagrada es muestra del infinito Amor de Dios por nosotros, Sus criaturas, pues en la Eucaristía se hace presente nuevamente el sacrificio de Cristo en la cruz, es decir, Su entrega de Amor por nosotros los hombres. Recordemos que Dios Padre nos entregó a su Hijo para pagar nuestro rescate, para redimirnos. ¡Qué precio para rescatarnos! ¡La Vida de Jesucristo entregada en la Cruz! Y esa entrega del Hijo de Dios por nosotros los hombres, se renueva en cada Eucaristía.
3.- Es así como, al recibir a Jesucristo, todo Dios y todo Hombre en la Sagrada Comunión, recibimos Su Amor, y en virtud de esto somos templos del Amor Divino y testigos de ese Amor, para compartirlo con los demás y prodigarlo a todos. Pero para que se realice en nosotros y a través nuestro el contenido del Misterio Eucarístico es necesario recibir el Sacramento del Cuerpo de Cristo en estado de gracia. ¿Y qué significa estar en “estado de gracia”? Recordando el Catecismo de Primera Comunión: La gracia es un regalo sobrenatural dado por Dios para ayudarnos en el camino que nos lleva al Cielo. Y la gracia se pierde por el pecado, es decir, por nuestro rechazo a Dios o a Sus Mandamientos. Asimismo, la gracia puede aumentarse con la oración, con las buenas obras y con los Sacramentos recibidos adecuadamente. Por ejemplo: para comulgar bien se necesita, además de comprender a Quién se va a recibir y de guardar el ayuno requerido, no haber cometido pecado grave o haberlo confesado al Sacerdote, estando verdaderamente arrepentido.
4.- Acercarnos, pues, a la Comunión con un corazón no arrepentido, no limpiado en el Sacramento de la Confesión, es ir a comulgar con un corazón cerrado, oscuro, que no permite la entrada de la Luz de Dios, con lo cual se oscurece uno más y se cierra más aún a la Gracia y al Amor de Dios. Para comulgar bien Dios nos pide ir con un corazón puro, limpio y receptivo a El. Por eso nos espera con Sus Brazos abiertos en el Confesionario, para que nos reconciliemos con El, sintiendo un verdadero arrepentimiento por habernos alejado de Su Voluntad y por haber despreciado Su Amor. Y es Jesucristo mismo Quien nos espera. Es El Quien nos escucha, nos perdona y nos consuela, para luego darnos la plenitud de Su Gracia y de Su Amor en el Sacramento del “Corpus Christi”, la Sagrada Eucaristía. Pero, además de estar en estado de gracia, para recibir a Cristo en la Eucaristía hay otras condiciones interiores, profundas, que están sobreentendidas y que a veces pasamos por alto: FE en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. CONFIANZA plena en Dios.La consecuencia de la Fe es la confianza. Fe y confianza en Dios son como dos caras de una misma moneda: no hay fe sin confianza y viceversa. ABANDONO Y ENTREGA TOTAL A DIOS Al tener plena confianza en Cristo, podemos entregarnos a El sin reservas, totalmente, a todo lo que El tenga dispuesto. Estas disposiciones fundamentales de parte nuestra permiten que haya “común-unión” o Comunión: unión de Cristo con nosotros y de nosotros en Cristo. Si no tenemos estas disposiciones, no puede darse la Comunión.
Conclusión: Recibimos a Cristo con nuestra boca. Pero eso no basta, pues tenemos que unirnos a El en el pensamiento, en el sentir, en la voluntad; con nuestro cuerpo, con nuestra alma (entendimiento y voluntad) y con nuestro corazón. ¡Qué agradecidos debemos estar por el Amor Infinito de Dios al regalarnos la presencia viva de Jesucristo en la hostia consagrada! ¡Qué agradecidos por poder recibir ese alimento tan necesario para nuestra vida espiritual! ¡Qué agradecidos porque Jesucristo se ha quedado con nosotros para ser nuestro alimento espiritual! En la Comunión estamos participando en el Banquete Celestial (Lc. 14, 15), el que disfrutaremos también por toda la eternidad cuando seamos llevados al Cielo y participemos, junto con toda la muchedumbre celestial, de la Cena del Cordero (Ap. 19, 9). ¡Dichosos los llamados a esta Cena! … aquí en la tierra y allá en el Cielo. “Estoy a la puerta y llamo. Si alguno escucha mi voy y me abre, entraré en su casa y comeré con él y él conmigo” (Ap. 3, 20). Mientras mejor preparados estemos para la Misa, más gracias recibimos. Las gracias de una sola Misa son ¡infinitas! … es toda la gracia del Cielo. El único límite es nuestra capacidad para recibirlas.
(*) Mario A. Díaz M. es: Profesor de Religión y Filosofía. Licenciado en Educación. Egresado de la Universidad Católica del Maule

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