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El Diario del Maule Sur
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Hoy
Opinión 10-01-2021
TÚ ERES MI HIJO MUY QUERIDO…
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Raúl Moris G. Pbro

Por aquel tiempo, Juan el Bautista, predicaba, diciendo: «Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo». En aquellos días, Jesús llegó desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Y al salir del agua, vio que los cielos se abrían y que el Espíritu Santo descendía sobre él como una paloma; y una voz desde el cielo dijo: «Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección». (Mc 1, 7-11)
Para tener en cuenta…
Cuando Juan el Bautista recibió de parte del Señor la inspiración de llamar a un “Bautismo de Conversión para el perdón de los pecados”, probablemente no imaginaba lo que iba a acontecer esa mañana en la que Jesús, confundido entre la muchedumbre que acudía al Jordán, iba a someterse a este rito singular.

El bautismo de Juan, aunque se inscribía en el ámbito de los ritos de purificación propios del judaísmo, tuvo la originalidad en el modo radical de realización de esta purificación, al punto que se produce la identificación de la persona de Juan con el signo propuesto.

La Ley de Israel había estipulado abluciones, es decir, lavado de rostro y manos, más de una vez por día, como rito de pureza, pero este baño de cuerpo entero, (porque eso es lo que significa originalmente en griego la palabra Baptisma, y el verbo Baptizō), esta inmersión en las aguas vivas de un río, de modo que la corriente se lleve la suciedad del cuerpo, simbolizando con este gesto también la purificación de la suciedad interior del corazón y la mente, parece haber salido de la iniciativa del Bautista, a tal punto que el bautismo quedó indisolublemente ligado a su nombre; Si bien es cierto se estima que los Esenios y los Fariseos habían instituido el baño de inmersión, como rito de purificación bajo ciertas circunstancias, el hecho de hacerlo en el río Jordán y la masiva respuesta que obtuvo la incendiaria prédica de Juan, le mereció esta identificación con su signo más característico.

El mensaje de Juan, que se alza en Israel, luego de cinco siglos de silencio profético, y se erige además para nosotros los cristianos como el último profeta, y el Precursor del Señor, era claro: asumiendo las palabras de Isaías y de otros profetas, anunciaba que el tiempo se había cumplido, que era el momento de allanar los caminos y enderezar los senderos para la llegada del rey, tiempo de prepararse para la siega de la humanidad, para recibir el baño purificador que limpiara a la humanidad de las marcas del pecado largamente arrastrado, tiempo, en definitiva, para volver los ojos de una vez y por siempre hacia el rostro amoroso del Señor: la necesaria metanoia, el cambio de mentalidad que permita finalmente que el Señor se abra paso en nuestra historia.

El Bautismo de Juan era preparación para la inminencia de esa irrupción largamente anunciada y pacientemente esperada; cuando esa irrupción se produjo, también arrastró consigo al signo de Juan, al punto de convertirlo en el primero de los Sacramentos de la Iglesia.

Lo que Juan no pudo imaginar en esa mañana en que Jesús llegó en medio de la multitud que confluía de todas las regiones de Israel hasta las riberas del Jordán, atraídos por la novedad de la voz del profeta, temerosos algunos por el iracundo tono de sus advertencias, esperanzados otros, encendidos por la efervescencia mesiánica que venía derramándose por Israel desde los inicios del s I; aquello de lo que a Juan le correspondió ser testigo, fue una vez más el modo sorprendente con que Dios decide hacer realidad sus promesas; ese Señor que nos sale al paso y nos desafía a acoger su manera de hacer las cosas, ése que inspiró al profeta Isaías a declarar: “Cuanto dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los suyos, y mis planes de sus planes” (Is 55, 9).

El Emmanu-El; el Dios con nosotros, había llegado así, a pie, caminando entre la muchedumbre, pobre entre los pobres, al punto de no diferenciarse del resto de los peregrinos que hasta allí habían llegado a que la corriente del Jordán arrastrase sus pecados, junto con el polvo de sus cuerpos agobiados por el de los caminos una y otra vez hollados; sin embargo, lo que nuestros ojos no alcanzan a distinguir, sí lo distingue el ojo de Padre del Cielo, que reconoce y anuncia a su Hijo eterno, que ha salido a recorrer la historia, que ha decidido asumir nuestra carne para redimirnos.


Jesucristo, Engendrado desde la eternidad, concebido en el tiempo, en el seno de María, reconocido y enviado en su humanidad, dignifica así al hombre entero; el Signo de Juan se ha transformado para siempre. El original rito de purificación, desde el Bautismo de Jesús se convierte en Sacramento de Salvación, configuración con Cristo, Puerta de entrada de la Iglesia. Fundamento primero de toda palabra y acción que declare la predilección de Dios y la dignidad de todo hombre y de todo el hombre; fiesta de gozo que une el cielo con la tierra y nos convierte en hijos de la elección del amor imperecedero.
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Raúl Moris G. Pbro
Prensa El Heraldo | Imprimir | 367
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