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El Diario del Maule Sur
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Opinión 15-03-2019
Un demonio de acción allá en el pueblo

(A propósito del libro de relatos El último retrato hablado de Gustavo Palavecino, Vilu Ediciones 2018)

Claudio Maldonado

En el Spleen de París, Charles Baudelaire, confiesa que los malos poemas o la mala prosa o las malas lecturas le provocan una sed tal, que se le hace urgente salir a la calle a buscar un bar donde echarse un trago y así calmar, en ese periplo, a su demonio interior, que asevera no es el mismo de Sócrates, cuyo carácter es observante, sino que más bien su demonio es un ente de acción, un demonio que se entrega al acto de violentar su espacio y el de sus pares, para escapar del tedio, de la sumisión y de todas esas redes que por ser hombre nos atan hasta la locura. “No son las grandes cosas las que nos destruyen -dice Bukowsky en unos de sus poemas- son más bien los hechos domésticos, una uña quebrada, un atraso en la pega, un cordón roto en medio de la lluvia.
Escribo lo anterior pensando en la lectura que hago de este libro de Gustavo Palavecino, El Retrato hablado, pues creo que el narrador de estas piezas narrativas nos avisa, desde el primer relato, que con vivir en la provincia y contemplar el devenir menor de sus anécdotas folclóricas y seudo -combativas contra el centro capitalino no basta, que se debe tensar el arco, atreverse al buceo exploratorio de los lugares que sólo son importantes para los seres que lo habitan, atreverse a no esperar nada de la frase de Tolstoi y profanarla: “Escribe sobre tu pueblo y estarás haciendo literatura universal, pero nunca esperes nada a cambio”. Desde esta conciencia es que el narrador levanta su casa, sin aspavientos, ni grandes juegos retóricos, pero quizás con la idea que lo contado debe configurarse desde la voz de un pequeño pater familia, un líder de su mundo lector, viejoven carreteado y lobo, que entiende que la escritura es un acercamiento a la oralidad, un intento por contarle al otro una historia que le haga bien, sin pretender dar lecciones de moralidad. Cito una frase del primer texto Transmutaciones: “Me fui de cosechador una temporada a Longaví y en mis manos cayó un libro de Teillier” El viaje narrativo ha comenzado, el spleen comienza su periplo. El segundo relato lleva el nombre del libro y es la historia de un padre funcionario de investigaciones, experto en retratos hablados, que lleva su hija Panamá a un congreso forense. Todo parece ir muy bien, el perito dibujante se ha ganado su prestigio, gracias a sus destrezas han sido atrapados decenas de ladrones, sicópatas y hasta los camellos de la FIFA han recibido su lección. El perito dará dos interesantes ponencias, su hija lo acompaña en el hotel cuando todo comienza a dar un giro, la historia oculta de un plan escondido, el deseo de escapar de toda las normas de la exigencia laboral. La hija ve que su padre no participará en el congreso, pues la vida está en Centroamérica, Haití, Guatemala, El Salvador, Nicaragua. En esos lugares tal vez no exijan retratos hablados y de esos dos chilenos quizás nunca exista un retrato hablado que mirar. En el tercer relato nos encontramos con Los tres cerditos y el lobo, haciendo una alegoría a la fábula infantil, lo interesante de este relato es que el narrador no convierte a sus personajes en buenos ni malos, y esto creo que se debe a que a Puerco, a Cerdo, a Porcino y a lobo no los humaniza por completo, entonces el lector ve a estos seres como híbridos entre lo real y lo fantasioso, como criaturas orwelianas dispuestas a sacarse los ojos por ascender en su condición. Puerco, Cerdo y Porcino son tres hermanos que se ganan una licitación y construyen un complejo habitacional para personas, el lobo fiscaliza desde su barricada institucional, los cerdos quieren abaratar costos y construyen viviendas sociales que valen callampa. Hasta las tablas son echas de cholguán azumagado. Y el lobo sigue observando. Y los tres cerdos se nublan con el éxito hasta que cae el peso fatal de su destino. No hay buenos ni malos, el sistema juega a castigar, pero en el fondo, según pareciera sugerir el narrador, es el que siempre lanza el tejo ganador. En el cuarto relato, Historia de Rubicundo, el narrador cuenta la historia de un chiquillo escolar de campo, desde la voz de un profesor joven, estragado (a pesar que es un reemplazo) en las cuarenta horas semanales de Parra. Rubicundo ama por sobre todas las cosas a los caballos, su familia tiene muchos y un lugar especial donde jamás lo han dejado entrar. Pero sólo ama los caballos, le muestra a sus compañeros la foto de un potro bicéfalo que al salir de la yegua alcanzó vivir un par de minutos. El profesor se obsesiona con la imagen de Rubicundo, pero también se olvida, pero también sueña con potros deformados y con galeones llenos de jamones y ajíes y con el enigma del porqué a Rubicundo no lo dejan entrar a los establos “Los caballos fueron domados por medio de un circuito circular en las lomas de Paicaví” escribe el profesor en la pizarra. Nadie le hace caso, pero seguirá escribiendo hasta encontrar otro enigma. El quinto relato es Agua y Aceite, a mi modo de leer, este texto constituye el primero de una minitrilogía planteada en el corpus narrativo. Es en este cuento donde el narrador protagonista (el fundador de una barra de fútbol que ha quedado tetrapléjico) relata, desde su invalidez, los hechos que lo llevaron a querer cambiar la forma de alentar a su equipo y combatir a las fuerzas rivales: desde la fraternidad, desde el amor por colores y el respeto hacia el enemigo deportivo. Cito: “era verdaderamente tan fanático como yo me proyectaba” “¿Era necesario sacarse la polera y cantar que había que sodomizar al rival?” Siguió las pautas de su sentir y fue injuriado por sus pares, lo siguió haciendo hasta que encontró su destrucción física, y sin embargo aún cree, desde su camastro, en realizar el último acto de rebelión para violentar al topo gritón que flamea en la galucha. El sexto relato (y el segundo de esta minitrilogía) se titula Los enanos aquí el dispositivo, la búsqueda de dar un salto a la realidad auto determinada se expresa en la historia de la vida del Sombra y de su abuelo el Chilo Barahona, dos patos malos reconocidos de la ciudad. El narrador cuenta la historia del cambio que quieren proyectar en sus vidas estos dos hampones de tono menor, levantar un emprendimiento haciendo enanitos de yeso, de esos que adornan los jardines, porque se dice que espantan a los malandras, que al igual que los futbolistas no tienen a estas alturas muchos códigos, pero si muchas cábalas. El sueño es trabajar en algo “honrado” olvidar a sus antepasados cuatreros, colgar el cuchillo y dejar de arrancar como un poseso por la línea del tren, en busca de rutas extrañas que tal vez no existan. Quizás ya nada les importe, y solo el Chilo y el Sombra solo quieran hacer el gesto, esa mueca íntima del zorro que ya no le cuentan cuentos. El séptimo relato (el tercero de esta minitrilogía) es La detención ciudadana. Todo comienza cuando el protagonista se sirve un plato de garbanzos en el terminal y ve el castigo que le aplican dos tipos a un lanza que le ha robado un celular a un anciano en plena calle. La obsesión vuelve a ser el motor que impulse los acontecimientos, el deseo de ir más allá de lo visto en las noticias, la idea de encontrar alguna respuesta en la mediocridad de lo que traga la masa. Como Borges y su moneda (El zahir), que nunca puede escapar de su pensamiento y que al final ya será parte de su vida hasta el final. El octavo texto que cierra este volumen es Relato deportivo de Rangers de todos los tiempos una loa al equipo favorito de la aldea, un abrazo final donde el protagonista celebra su caminar por esas calles llenas de anécdotas e incertezas, con sed de comunión, al igual que el maldito Baudelaire, que al salir de sus cuatro paredes, una tarde de invierno golpeó a un pordiosero con la meta de que éste se alzara y recuperara su dignidad y sus ganas de luchar. Así, de esta forma, creo que el autor ha golpeado de nuevo mi interés por lo que se cuenta en el Maule. El último retrato hablado sin duda es una buena carta para violentar la sangre que aún late en la aldea que nos ve pasar.

Prensa El Heraldo | Imprimir | 396
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