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El Diario del Maule Sur
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Opinión 30-09-2020
UNA CAMINATA AL CERRO
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Nos reunimos con nuestro profesor de Ciencias Naturales, aquella mañana de día sábado de primavera, con un agradable sol, en las afuera de la Escuela Matte, para hacer una caminata hacia el cerro La Ballena y aprender en terreno las manifestaciones de la naturaleza.
Somos alumnos del sexto básico y muchos ni siquiera habíamos dormido pensando en esta aventura. Era la primera vez que salíamos juntos y sin nuestros padres, que se quedaron angustiados en la Plaza de los Curas, cuando partimos hacia nuestra gran aventura.
Salimos en larga fila, con nuestro profesor a la cabeza, tratando de hacer caso a sus recomendaciones.
-“Difícil es controlar a 45 cabros chicos”, pero espero que se porten bien- reflexionaba nuestro profe.
Cruzamos la Avenida Concha y Toro y luego tomamos la calle Eduardo Cordero, hasta el final.
Nos pusimos a cantar canciones de los programas infantiles de la tele y la verdad que todo se veía muy alegre y sorprendíamos a la gente que transitaba por esa calle.
Caminando hacia el cerro, nos encontramos con campos sembrados por alfalfa y corrimos por aquellos pastizales y nos tirábamos cual Heidi, sobre ellos con las manos abiertas y nuestros cuerpos quedaban marcados sobre él como testigos de nuestras infantiles travesuras.
Pasaban zumbando por nuestras cabezas abejas, mariposas y moscardones y desde el suelo saltaban grillos y langostas y en el entorno se escuchaban los cantos de las aves.
El profe nos hacía reconocer de quién era el canto.
-Ese, es un zorzal, una tórtola, una loica, una diuca, una chicharra, un gorrión -contestábamos alegres por aquel concierto de cantos de insectos y aves.
Para muchos de nosotros era un mundo fascinante que emergía a medida que caminábamos hacia el cerro.
Sin embargo lo que más nos llamó la atención fueron los huevos de los queltehues, cuyos nidos estaban muy disimulados sobre el campo abierto. Eran de un color blanco terroso pintados con manchas negras como los tanques de plásticos con los que jugábamos.
Los queltehues amenazadores volaban sobre nosotros, como advertencia para que no les hiciéramos daños, así que salimos corriendo de allí para que no nos picaran.
El profe nos reunió y nos explicó que los queltehues descienden de los antiguos pterodáctilos, aves muy antiguas que tenían unas garras en las alas y que los queltehues tenían unas puntas filudas en ellas como recuerdos de esas garras.
¡Más nos fascinábamos!
Llegamos al pie del cerro, y entre las olorosas flores amarillas de los espinos, en largas y ordenadas hileras subimos hasta su cumbre.
El profe a modo de broma nos hablaba.
-Saben ustedes, porqué en Chile, los llamamos “cabros chicos”
-¡Noooo!...respondimos a coro
-Porque son iguales a los cabritos de verdad, juguetones y buenos para subir cerros-respondía- con la respiración entre cortada.
Llegamos a la cima y la vista de la cordillera y del cajón de río Maipo era impresionante. Allá lejos se veía Puente Alto, la iglesia de las Mercedes, la Papelera y todas sus casas.
Ya en la cima, el profe nos dijo que observáramos unas piedras casi cuadradas que estaban puestas en forma ordenada y casi cubiertas por la hierba.
-¡Niños! Alguien puede explicarme. ¿Cómo llegaron estas piedras cuadradas e incluso algunas están sobre otras?
Nos miramos las caras y pusimos unas caras de ignorantes a las cuales el profe sonrió.
“Esta es una fortaleza inca, que fue construida unos 500 años atrás durante la llegada de ellos a la zona central de Chile y que trajeron progreso en regadío, agricultura, tejidos, alfarería y medicina ancestral a los pueblos originarios como diaguitas, changos, y picunches”.
¡Más maravillados estábamos!
-“Ellos construían estas fortalezas para su defensa y como atalayas para avizorar el horizonte y así ver si alguna amenaza se acercaba.
El cerro de Chena también cuenta con un pucará y desde allí dominaban con sus vistas todo el sur de los que es ahora Santiago”.
-¿Se comunicaban entre ellos por señales de humo?, preguntó el más bromista del curso, provocando risas entre nosotros.
-¡Muy buena pregunta! González…respondió el profesor.
-“Ellos se comunicaban por medio de mensajeros que se llamaban “Chasquis”, que eran grandes corredores que llevaban las noticias en todo el imperio”.
Ahora siéntense en ellas y vamos a ver como se cuida y se conserva la naturaleza para proseguir con su misión de vida.
Entonces aparecieron los “sánguches”, los queques, las bebidas y las frutas, y todos sonreíamos y compartíamos nuestras meriendas
-“Primero, comenzó relatando- tenemos el sol que proporciona la energía para que las plantas por la fotosíntesis, fabriquen, por medio de la clorofila, la luz y el agua, sus propias estructuras, raíces, tallos, brotes, flores, semillas y así perpetúen su existencia.
Después vienen los descomponedores, que mineralizan los cuerpos orgánicos y ellos viven sobre la superficie de la tierra o bajo ella.
Posteriormente vienen los herbívoros que se alimentan de las plantas…continuaba relatando el profesor
Luego vienen los carnívoros que se alimentan de los herbívoros
Y al final viene el ser humano que se alimenta de todos ellos, contamina, depreda y también destruye los recursos naturales”…terminó diciendo.
Bajamos del cerro a porrazos y alegres de nuestra caminata que se había transformado en una gran aventura.
Han pasado unos cuarenta años y cuando regreso a Puente en el Metro, desde su vista aérea veo la cumbre del cerro La Ballena, llena de torres transmisoras de microondas para la comunicación de telefonía celular, con la angustia de que ya los niños no pueden subir a su cumbre, el cerro está rodeado de edificaciones y casas y… ya no están: el gorrión, las langostas, las mariposas y toda la biodiversidad que lo rodeaba.
¿Y el pucará?
Con toda seguridad que fue destruido, con su enorme valor arqueológico, para construir las torres
Resuenan en mi mente las palabras del profe.
“Sólo el hombre es el que destruye la naturaleza y sus recursos”.

Carlos Cabezas Gálvez
Escritor y ensayista
Prensa El Heraldo | Imprimir | 616
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