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El Diario del Maule Sur
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Opinión 13-08-2017
“Una visión de la bohemia santiaguina de los años 20: Armando Ulloa, Raimundo Echevarría y Joaquín Cifuentes”.
(Boletín de la Academia Chilena de la Historia No. 124, 61 páginas, 2015. Autor: Jaime González Colville)

La segunda década del siglo pasado fue pródiga en dotar a ese país de poetas de excepción que, además, tenían un sello particular: provenían de la provincia, y dadas las características de ciudad que se engrandecía a pasos agigantados como era Santiago, no resulta en el análisis un dato menor.
Jaime González Colville ha desarrollado en esta breve obra una descripción acotada y emotiva, no exenta del anecdotario íntimo, que se plasmó en cada una de las vidas reseñadas. Este texto trata, en parte, de la incursión en la bohemia santiaguina por quienes pretendían, quizás ilusamente, adueñarse de ella y buscar en sus noches disipadas una respuesta a sus existencias atormentadas, desarraigados de sus procedencias naturales, destinados a ser, desgraciadamente, las sombras difusas de un poeta mayor como Neruda, aunque sus trabajos no tengan, en lo absoluto, una insalvable distancia cualitativa o estética con el futuro premio nobel.
Y es que la exploración de aquellos lugares ocultos, de los pasajes, lenocinios o cités de la bohemia y el seductor encanto femenino fue un acicate imperioso para jóvenes ávidos de conquistar el mundo. No se trataba solo de saciar la sed de vida; también era una exigencia de aprehender el entorno que presentían alejarse rápidamente de sus sueños o que servían de transitorio bálsamo para no perderse en el tumulto.
Así, Armando Ulloa, (La voz del Maule) nacido el 27 de abril de 1899 en el Ramal de Talca a Constitución vivirá intensa e irresponsablemente la anochecida jarana de la capital y luego de estar recluido en el Sanatorio de San José de Maipo, retornará a ese submundo que tanto le atraía para expirar el 10 de enero de 1927 y el sepelio, con visos de leyenda -como señala González Colville- cruzó el río Maule hasta el cementerio de Constitución. Sus versos son entonces el lazo conclusivo con una realidad que a menudo desdeñó, ya que “nunca le preocupó publicar un libro”, componen luego su heredad: “campos de mi heredad dormidos junto al río veloz/ que copia el rostro de las altas montañas/ praderas, flores, vientos, bosques, valles, caminos…/luminosos crepúsculos, líricas alboradas/… (pág.31)
Luego Raimundo Echevarría Larrazábal, nacido el 11 de julio de 1897 en San Javier de Loncomilla, y muy pronto accederá a la sociedad talquina y será fuertemente atraído por Elisa Hederra, quien premunida de cierto aire aristocrático desdeña los intentos del joven poeta. Pero él insistirá y hará presente a Jerónimo Lagos Lisboa ese amor que ocupará parte significativa de su juventud, el que, a pesar de su porfía, no será posible. Si surgirá más tarde Albertina Azocar, pero se apartará de ella y terminará, como Ulloa, confinado en el lúgubre sanatorio de San José de Maipo, falleciendo el año 1923. González Colville rescata su figura algo esbelta y enlutada que recorre tabernas junto a otros poetas de la época: el mismo Armando Ulloa, Carlos Ibar y otros, y acompañarán la despedida de Hugo Donoso también “devorado por la muerte.” (pág. 41).
Y se evidencia su relación con Neruda, quien hace intentos de ayudarlo en lo laboral como en la posibilidad de editar un libro de poemas. La figura de Mariano Latorre también estará siempre presente. “Hace ya mucho tiempo murió en mi corazón un hombre ambiguo y vacilante: el noctámbulo de las tabernas, las veletas y de las mancebías. Lo he velado mil días y mil noches bajo los fuegos fatuos de las calles trémulas…Primer mujer, ¡Maldita seas! Ruleta ruin, ¡Maldita seas! Taberna triste y miserable, mancebía trashumante ¡Maldita seas! (manuscrito archivo del autor, pág. 45).
Y, por último, Joaquín Cifuentes Sepúlveda, nacido el 15 de marzo de 1899 en San Clemente, quien será parte de una tragedia que sacudió a la sociedad talquina de la época. Su inclinación por la bohemia maulina surtirá fuertes efectos en su vida haciéndose habitué de prostíbulos, como anticipo de lo que será después Santiago y su atracción ineludible. Compañero de Echeverría Larrazábal, Armando Ulloa, Torres Rioseco y Roberto Meza Fuentes. Escribirá como un preanuncio de lo que sufrirá más tarde: “Que ninguna mujer me aborrezca en la vida/ que yo no sea motivo de rencor/ Que me miren con una ternura dolorida/ que yo las quiero a toda con un inmenso amor/ Del libro La torre, poema Locura) (pág. 50).
Y en abril de 1917 ocurre lo inevitable: junto a su hermano Carlos Cifuentes ingresan sin aviso y presos de un arrebato pasional a la casa de sus amadas juveniles, quienes han recibido a terceros recién venidos de la capital. En ese acceso de locura agreden ambos a los jóvenes de apellido Ramírez, quienes estaban con las jóvenes: Joaquín Ramírez muere y Héctor Ramírez sobrevive.
Fueron ambos condenados: Carlos Cifuentes con 26 años y el poeta Joaquín con 18. En su estadía carcelaria Joaquín Cifuentes Sepúlveda se transforma en una especie de héroe para sus pares y recibe el apoyo constante de Armando Ulloa, de Jorge González Bastías y otros, lo que hará decir a Volodia Teiltelboim que “mató por amor.” (pág. 80) Y que, a su vez, hará más tarde exclamar a Neruda el año 1919: “Compañeros, los jueces lo mantienen encerrado sin sol, sin luz, sin aire, por un delito que no cometió. Y aunque lo hubiera cometido. Era un poeta…” (pág. 56). Fue indultado a fines de 1921 y se va de la zona maulina, retornando ocasionalmente a San Clemente. Partirá, con posterioridad a Argentina, se enamora de una profesora y termina allí sus días producto de una tuberculosis que, probablemente fuera adquirida en prisión. Fallece en febrero de 1929.
Jaime González Colville ha logrado desentrañar lo más valioso y, paradójicamente, lo más intenso y trágico de estos tres insignes poetas del Maule, señeros, de gran talento, que enlazaron sus existencias atribuladas de un modo misterioso y que intentaron salir de una bohemia absorbente con pocas o nulas posibilidades de éxito.
Cada uno de ellos escribió su propia historia y fueron, finalmente, personajes únicos, entrañables, que González Colville rescata con rigurosidad y maestría, trayendo a este nuevo siglo las voces no estridentes de tres poetas casi olvidados, semi extraviados en la premura del tiempo y a la sombra de los más grandes vates, pero no por ello menos importantes en la historia de la mejor literatura chilena que, inevitablemente, se escribe desde la provincia.


Juan Mihovilovich

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