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El Diario del Maule Sur
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Hoy
Opinión 08-03-2019
Veranito de San Juan (Manuel Antón)
Don Eustaquio Fernández era un hombre flaco, alto, huesudo. Siempre vestido de negro entero.

Parecía andar permanentemente solucionando un serio problema, debido a su figura un tanto encorvada y tener el tic de golpearse la punta de los dedos con las manos entrecruzadas.

Usaba bigotes lacios, humildes, y tenía unos ojos turbios, de mirar pausado -como a ratos-.

Era el único empresario fúnebre del lugar.

Siempre al pesque del menor dato. No había enfermera que no hubiese recibido de él una flor, y conocía todos los rincones del hospital del pueblo.

Gracias a esto llegaba a la sala de enfermos graves -su principal objetivo-. Dando pocos rodeos.

Ahora, tenía un par de ataúdes esperando por mucho tiempo, y esto lo tenía preocupado por lo que se fue directamente, sin preámbulos, a la sala de enfermos terminales a ver qué pasaba.

Ahí se quedó mirando al pobre par de infelices que agonizaban, quejándose, ya ajenos a toda norma humana.

Al encontrarse en dicho lugar con los familiares de los enfermos -acostumbrado a hablar de su negocio en cualquier parte-. No tuvo mucho reparo en decirles que estuviesen tranquilos pues les tenía un par de ataúdes reservados.
- En cualquier instante los van a necesitar -les dijo a los desconcertados parientes-.

En esos momentos unos gritos -llegando desbocados-. Atrajeron su atención.

- ¡Incendio! ¡Incendio!

¡Don Utaquio! ¡Don Utaquio! ¡Se está quemando la fúnebre!

- ¡¿Qué?! ¡¿Qué estás diciendo?! - Gritó al aire don Eustaquio, mientras corría hacia la puerta, tras echar una rápida ojeada por la ventana, pasando casi por encima de un delantal blanco que venía asomándose.

- ¡Los bomberos! ¡Los bomberos! ¡Llamen a los bomberos! –Gritaba desencajado el angustiado hombre -atravesando por entre los vecinos, quienes tiraban agua con balde y tarritos de Nescafé -. Mientras, Lejano se escuchaba el ulular de la sirena marcando el medio día-.

Desesperadamente alcanzó don Eustaquio a sacar un par de ataúdes que estaban empezando a quemarse, antes de que ardiera todo.

El pequeño poblado estaba conmocionado con el incendio.

Pero en el hospital provocó más estupor que el siniestro, el hecho de que los dos pacientes desahuciados estaban mirando las llamas desde la ventana, llegando hasta ahí por sus propios medios, lo que parecía increíble en gente impedida de moverse - dada su debilidad-.

Incluso hubo que atajarlos en la puerta porque querían ir donde estaba el fuego.

El incendio acabó con todo el edificio de la próspera funeraria, dejando un panorama realmente desolador.

Sólo se salvó el par de féretros que don Eustaquio había logrado rescatar.

Apesadumbrado -sentado en el suelo entre los dos ataúdes-. Con las manos en la cabeza y los codos en las rodillas -Sin querer mirar el siniestro -. Estaba don Eustaquio cuando requirieron de sus servicios debido al fallecimiento de los dos enfermos terminales que yacían en el hospital -los que, momentos antes, habían tenido una inexplicable y fugaz mejoría -…








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