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El Diario del Maule Sur
FUNDADO EL 29 DE AGOSTO DE 1937
Hoy
Opinión 07-12-2018
Vergüenza ajena
El hombre tenía su apodo el cual no era muy decoroso para un juez;
pero de tenerlo, lo tenía.

El motivo es que era…, cómo decirlo para no ofenderlo…, bueno, era algo económico el hombre.
Su mayor ambición era tener casa propia.
Al fin logró un día cumplir su sueño: Tener su casa, en las afueras del pueblo, algo escondida para así quedar alejado de las visitas.
En un arranque de emoción, el señor Salvatierra, invitó a dos amigos a conocerla. Aunque, para no faltar a la verdad, hay que decir que a uno de ellos lo hizo con las miras de tenerlo como inquilino.
A él le bastaba con la mitad solamente de la casa, y, arrendando la otra, tendría un ingreso extra.
¡Entren! ¡Entren! Les dijo al llegar sus invitados.
-¿Les costó mucho llegar?
- No, nada, llegamos altiro -dijo uno de ellos.
“Qué lástima”, pensó el señor Salvatierra.
El señor Penroz, uno de los recién llegados, era llano y simple, pero algo irónico. No era hombre de entrar en muchas disquisiciones ni ahondar en detalles.
El señor Munizaga, el otro invitado, era amigo de las controversias y muy nervioso. De ahí le venía el tic de cerrar un ojo-.
Una vez adentro, allegados a la chimenea, la conversación fue derivando hacia la política.
-El humanismo nos salvará, decía el señor Munizaga. Tiene que haber un cambio radical.
Está bien, le decía el señor Penroz, pero creo que es mejor dejar las cosas como están. Así estamos bien. ¿Para qué cambiarlas?
-Eso lo dice porque usted es un hombre satisfecho, pero no diría lo mismo si no lo fuera - Dijo el señor Munizaga, dejándose llevar por su natural apasionamiento-.
-¿Sabe? no lo comprendo señor Munizaga
–dijo el anfitrión - usted dice que dejaría todo, su carrera, su posición social…
-¡Ya lo creo, yo soy muy liberal!
El señor Penroz reía por lo bajo, lo que exaltaba más al señor
Munizaga –éste se cree que soy un tonto- Se decía mirándolo de reojo.
El señor Penroz, conociendo el temperamento del señor Munizaga, maliciosamente le llenaba el vaso tupido y parejo para que se acalorara cada vez más.
El dueño de casa miraba angustiado ante tal derroche.
En ese momento sonaron las campanas de doce en el reloj –el cual, el Señor Salvatierra, ya se había encargado de adelantar-. Por lo que los invitados consideraron, ante la adusta mirada del dueño de casa, que ya era hora de marcharse…, lo que hicieron al cabo de media hora.
El señor Salvatierra los despidió sin dejar de recordar al señor Penroz su ofrecimiento, el que había deslizado durante la conversación, de tenerlo como huésped, a lo cual éste había estado haciéndose el leso.
Al señor Penroz su chofer le tenía el auto a la puerta, pero el del señor Munizaga no se veía por lado alguno.
Intrigado preguntó por él al otro conductor. Este le dijo que había hablado algo sobre el matrimonio de un pariente, y había desaparecido.
El señor Penroz ofreció llevarlo, a lo que el señor Munizaga, agradeciendo, se negó pues prefería ir caminando.
¡“Tenía que salir con una de las suyas este Hilario!, se fue pensando el señor Munizaga sobre su chofer. –“¡Hasta cuando lo voy a aguantar!”
La noche era fría, pero no para el señor Munizaga, quien algo chispeado hablaba sólo sobre la reciente conversación, moviendo las manos como dejando en claro las cosas.
Sin darse cuenta se había alejado del camino a su casa, y fue a dar a los arrabales del pueblo.
Sí, no importa ser pobre –se decía al ver el barrio en que iba- no hay de qué preocuparse. Si no hay pan, no lo hay simplemente, y todos tan tranquilos… ¡Ah! ¡Pero este Hilario me las pagará! No…, moralmente debo comprenderlo… Pero este pillo…
- Pienso que…Creo…, es decir ¡yo soy muy liberal! Ustedes no comprenden nada… Y ese petulante, ¿de qué se reía?…., las leyes… Pero! Las leyes, es decir…Las leyes no debieran existir. Todos, moralmente, debieran saber que hacer…Sí, moralmente.
Absorto en esto iba, cuando una música llamó su atención.
A una persona que fumaba sólo, hablando consigo mismo, arrimado a una pared, con la cabeza gacha y registrándose los bolsillos, le dijo : Parece que está buena la fiesta ¿Ah?
- Sí…, contestó el del cigarro… Es un casorio. Hace rato que le están dando.
-Bien, siempre es bueno una diversión, sobre todo entre la gente humilde.
El otro, con una turbia mirada, lo quedó mirando al parecer sin comprender.
-¿Y, quienes se casan?..., por curiosidad.
-Los novios pues.
- SÍ… ,pero ¿Quiénes son?
-El novio… es uno que trabaja en el juzgado…, el hijo de Don Pepe -el tuerto.
-¡Bah!, ¡qué casualidad!… ¿En el juzgado dijo?
-Sí…, es el “Picho” Rojas.
-¡A ver, espere!... ¿Uno flaco que cojea algo?
-Sí, el mismo…Oiga patroncito…, me falta luca pa’ la caña.
- ¿Cómo?...Ah,sí …tome, ahí tiene…Que curioso, pensó el Señor Munizaga, venir a dar a este barrio justo cuando se casa un subalterno mío. Iría a dar un vistazo, pero creo que lo haría sentirse incómodo…, aunque no creo…El sabe lo sencillo que soy.
Les diría un par de cosas, y hasta capaz que me dé un baile.
Me invitarían a tomar algo, lo que yo naturalmente aceptaría, y viendo que todos estarán atentos a lo que digo, les soltaré algunas frases simpáticas tras lo cual, con todo respeto, me solicitarán a que me quede…Bueno, me quedaría un rato corto por no ser descortés.
Pensando en todo eso llegó el señor Munizaga, sin darse cuenta, a la casa del festejo. Se veían luces en todas las ventanas y gente curioseando mirando por las rendijas
Adentro la zalagarda era mayúscula.
Esto hizo dudar al señor Munizaga, pero pensó que, al contrario, viendo que a pesar de todo, él, con su posición, se dignara a visitarlos...
A la casa del Picho Rojas se entraba, por lo menos donde lo hizo el señor Munizaga, por una pequeña escalinata que daba a una especie de despensa que, al parecer, hacía las veces de antesala.
Ya estaba ahí cuando pisó algo – ¡cresta! , dijo- y a la poca luz que había vislumbró que había metido el pie en un tiesto con agua y, al tratar de equilibrarse, el otro pie le quedó atascado en un jarro. Se fue hacia adelante, pero alcanzó a salvar su dignidad afirmándose en una pared.
Quiso volverse, pero escuchó voces que se acercaban. Con los pies mojados, sin poder sacarse el jarro, caminó algunos pasos y abrió la puerta del salón.
Adentro la fiesta estaba que ardía. Las cumbias no mermaban por lo que nadie reparó en su presencia. Esto le dio tiempo para liberar su pie y componerse un poco.
En su confusión, para disimular algo su mojadura, metió el pantalón dentro de los botines, mientras entraba.
En un momento el ruido fue disminuyendo y se percató cómo las miradas se dirigían hacia él.
Vio venir, con la boca abierta, a su empleado. Venía éste como quien ve a un aparecido.
-Señor…Juez… ¿Es usted?
-Sí hombre – ja- ja- ¿Quien más si no? Le respondió con aire protector, pero queriendo ser campechano.
Mira, pasaba por aquí y recordé que tu vivías en este sector. Escuché música y, al acercarme, cátate que la música venía de tu casa…
-Usía…Usted disculpe…
-Je je hombre, que nada. Me dije pasaré a darle una sorpresa al Picho Rojas.
Este, sin reponerse del trato informal que le daba, le presentó a la novia y los invitados.
Ahora seguramente me presentaran al invitado más importante. Quizás un pariente, o alguien con un título…, algo así –se dijo el señor Munizaga.
No le presentaron a nadie en especial, pero apareció la abuela del “Picho” –llena de chucherías de lata- en silla de ruedas, indignada.
La condujeron directamente hacia el señor Munizaga y, sin saludar siquiera, lo empezó a retar:
-¡Oiga mijito! ¡Cómo se le ocurre venir sin avisar! Eso no se hace…No
tenemos ni qué ofrecerle…
-Bueno…Señora…, y se quedó hablando sólo el señor Munizaga, pues la
Abuela se quedó plácidamente dormida, dejando al señor Munizaga “marcando ocupado”.
Los invitados, pasada la novedad, siguieron bailando y cantando
como si no hubiese pasado nada.
El “Picho”, dejando de lado a la novia, sonreía bobaliconamente junto al su jefe.
La novia, mientras, bailaba con un militar muy tieso y bigotudo, con el que parecía no estar muy a disgusto.
El señor Munizaga comenzó a sentirse algo incómodo ya que se sentía demasiado fuera de lugar. ¿”En qué momento me vine a meter aquí “-se decía-. “Y éste aturdido de Rojas que no dice nada para enhebrar una conversación... Así pararía la música, y yo podría hablarle a todos…les daría algunos consejitos… Todos me mirarían gravemente, pero yo”...
Pensando en eso estaba el señor cuando llamaron a la mesa.
En un rapto de fluidez vocal Rojas invitó al señor Munizaga que se sentara de cabecera colocándose luego junto a él sin tomar en cuenta a la novia, -la que se sentó junto al militar.
El señor Munizaga, con un vaso en la mano que alguien le acercó, consideró que era el momento de encajar su discurso.
Al ver Rojas que su jefe quería hablar hizo sonar con un cuchillo el vaso que tenía enfrente para que se callaran.
Así lo hicieron algunos
Si pues hombre, como te decía –dijo el señor Munizaga levantando la voz- pasaba por aquí y me dije, como buen liberal que soy,…
Un ¡aah! Burlesco vino desde el grupo asistente mientras el señor Munizaga, envuelto en un aire condescendiente, lo tomó como un signo de admiración mientras sonreía bonachonamente.
-Así que tú eres el jefe del “Picho”, le dijo dándole un codazo el que le había traído el vaso- quien estaba sentado junto a él con una taza de ponche en la mano y el jarro a su alcance.
Confundido y sin entender lo que pasaba el señor Munizaga abrió la boca para continuar su perorata.
Pero su discurso fue interrumpido por algo que le dio en la cabeza...
Era una bolita de miga de pan.
-Bueno, como les decía, continuó el señor Munizaga sin perder la compostura…, ahora fueron dos las bolitas que le llegaron.
El señor Munizaga, desorientado y tratando de enhebrar su discurso, sintió una mano en su hombro. Era su vecino quien le decía, con la lengua algo trabada: ¡Sí hombre!..., si ya sabemos eso…, tómate un trago mejor será.
-Salud compadre, le dijo otro.
-Gracias, gracias…je-je -dijo el señor Munizaga aceptando una copa-. Cómo iba diciendo, pasaba por aquí…
-¡Y dale con la cuestión! Tómate luego un trago será mejor.
En qué hora me vine a meter aquí, pensó el señor Munizaga…, bueno
…,los principios…
En no quedándole otra, para ser consecuente con sus dichos principios, se tomó un trago…y luego otro…y otro…
Al curado, sentado al lado del señor Munizaga, Rojas, muerto de vergüenza, lo echó a empujones de la fiesta.
De repente, el señor Munizaga se dio cuenta que estaba completamente borracho
El “tic” del ojo ya era como el segundero del reloj: Preciso y continuado.
En medio de la algarabía una voz sobresalió sobre las de los demás. Era la del ya dicho militar:
-Oiga, hasta cuando le cierra el ojo a mi vecina –dijo levantándose con fines inequívocos.
Pero en ese momento, para suerte del señor Munizaga, empezó de nuevo la música y se fueron todos a bailar, incluso el ofendido, tironeado por su compañera quien ya ni se acordaba que ella era la novia.
-¡Ya!, dijo el señor Munizaga, ¡voy!..., o sea… ¡Me voy!
Trató de pararse y no pudo.
Rojas y otro intentaron ayudarlo.
-¡Déjenme!, ¡Déjenme sólo!... ¡Aquí mando yo! -Vociferó el señor Munizaga dando un puñetazo a la mesa.
Mañana, que era Domingo, usted Rojas tiene el día libre…, yo…¡Yo soy
muy liberal!
Le ayudaron a subir al auto, al que no reconoció como el suyo, donde el conductor fumaba sin inmutarse.
En una nebulosa, el señor Munizaga pensó: A éste lo he visto en alguna parte…Parece que…, o sea…Estaba en la mesa.
Tras unos cuantos bandazos llegaron a la casa.
Una mujer salió indignada: ¡¡Hilario!! ¿Cómo traes así al señor?
-El se puso así…, vino…, o sea llegó…, al matrimonio donde el tío Pepe.
El señor Munizaga no aparecía por la oficina –ya todos estarán enterados del pastelito…, se decía-…- La que me vine a mandar-.
¡Pero qué falta de cultura de esa gente!... ¡Ni la más mínima!; recordando entre brumas donde había estado.
-Bueno, hay que tener paciencia no más…, la moralidad…, la igualdad…
¡Pero toda esa gentuza!…
¡No! ¡No lo aguantaríamos!… Sería insufrible.


(Manuel Antón)




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