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El Diario del Maule Sur
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Hoy
Opinión 22-05-2020
Vida y obra de Hugo Horacio (Primera parte)
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Cuando se comenta que Santiago es Chile, un provinciano responde. Linares es una provincia donde nacen los grandes ilustres, cuya fama a veces, el egoísmo y envidia, intenta cubrir en la incógnita a aquellas o aquellos cuyos méritos son en extremo superior a algunos que gozan del privilegio errado al recibir homenajes inmerecidos.
La humildad, sencillez y timidez también conducen al anonimato.
Linares (…"noble y santa ciudad encantadora") atrae a estos valores para hacerla más culta y bella. Aquí desarrollan de sus mejores años e incluso aprenden a amar y ser amados, atraídos y cautivados por la incomparable hermosura de la mujer linarense o aquellas que llegaron de lejanos lugares para aumentar aún más su encanto, logrando su beldad eterna.
Otros u otras emigran a la capital, al extranjero y al norte o al sur, llevando en sus cerebros aquellas virtudes fortalecidas y aplaudidas aun estando muertos.
En el año 1974 conocí a uno de ellos con título de contador que llegó contratado por el "Empleo Mínimo" a la Junta Provincial de Auxilio Escolar y Becas. Desempeñando la función de ayudante del ayudante (valga la redundancia) de contabilidad, que era yo.
Un tímido joven que todavía no cumplía los 23 años. Hijo de Etelvina Tilleria Vásquez y de Alberto Valenzuela Donoso.
Su nombre HUGO HORACIO VALENZUELA TILLERIA, nacido en la famosa comuna de Yerbas Buenas el día 23 de agosto de 1951.
Me cuenta que era el menor de cinco hermanos: Eduardo, Ana, María Cristina, Hilda y Hugo Horacio.
Su relato es una valiente y sufrida realidad con intimidades que debilitan mi osadía para revelarlas, por cuánto opto por levantarme de mi escritorio, entregando las teclas de mi fiel Olivetti a Hugo Horacio el cual narra:
"Mi mamá era empleada doméstica a cargo de una enorme casona en el fundo San Pedro de la comuna de Yerbas Buenas, recuerdo haber tenido aproximadamente cinco o seis años de edad cuando llegué al lugar acompañando a mamá, los otros hermanos quedaron en Yerbas Buenas, pueblo que borró en mi memoria la niñez. Ana y Cristina vivían con la abuela paterna y su desarrollo era a otro alto nivel socioeconómico.
Mi hermano mayor Eduardo ingresó a carabineros en Antofagasta y tal como antes mencionaba, nos vinimos tan solo con mamá al Fundo donde viví imborrables aventuras y costumbres. Una de ellas fue creerme el niño Tarzán, ya que agradaba dejarme la cabellera larga y andar descalzo.
Para lograr cortarme el pelo era una odisea, ya que era un hecho heroico el atraparme. Tenían que correr como tres personas tras mío por los amplios potreros. Caballos y vacunos corrían asustados y eso me divertía, parecía un juego..."el corre que te pillo” … eran entretenciones sanas y deportivas; no lo consideraban de esta manera mis perseguidores.
Cuando dificultosamente lo conseguían, mi madre me tiraba las orejas y después tenían que meterme en un saco para llevarme al lugar de ejecución. A veces me fugaba y otra agitada carrera en post de mi captura. Pataleos y brazadas agotaban a mis perseguidores quienes desistían de su intención, por lo que dejaban para otro día la misión.
El tiempo transcurría con la soledad de niño casi abandonado, pero junto a mi madre. Solo unos perros leales y fieles eran mis amigos, destacándose una preciosa hembra que llevaba por nombre FANNY. Era mi mona Chita. Me acompañaba a los potreros y montes a cazar todo tipo de animales y aves; tal como conejos, liebres, perdices y codornices, etc. Muy astuta, confieso que realmente me asustaba su inteligencia, pues superaba notablemente a algunos seres humanos suertudos.
Cuando me sorprendía triste y abandonado, sobre todo recién cortado de pelo, se acurrucaba a mi lado con una mirada tierna, como si fuese una linda mamá que protegía a su cachorro.
Sus piruetas consistían en saltos, revolcones y otros, logrando mi sonrisa y el mitigar de mis penas.
Recordando a ella la veo ahora en otras mascotas, por eso las quiero y sufro cuando me entero de maltrato animal. Esos amigos no discriminaban ni se alejaban de mí porque era pobre, ni se enojaban por mi pelo largo y pies desnudos. Tampoco porque bebía agua del estero aposándola en el hueco de mis manos. Era tan libre como un conejo en el monte sin cazadores en los extensos potreros verdes, sin obstáculos para correr y saltar, gritar y orinar dibujando mi nombre bajo un sauce llorón.
A pesar de estar sólo no había soledad, pero sí felicidad por aquella libertad que me ofrecían los prados sin límites, ni cercas que no pudiera saltar. Entonces imposible olvidar aquellos años.
A los seis, cualquiera sea su cuna, somos rebeldes y queremos aprender practicando peligrosos experimentos. Es entonces necesaria la protección y orientación de un papá, pero al mío lo vine a conocer a los 18 años. Era domador de caballos salvajes y zurdo, por lo cual dominaba con más facilidad y destreza su oficio. Su pasión le permitía tener buenos pingos para hacerlos participar en carreras a la chilena... eso no me agradaba y me era indiferente.
Mis ojos tristes observaban en silencio y sin opinar el sufrimiento y responsabilidad de mamá.
Su sonrisa complacida al verme jugar actuando como niño ingenuo y travieso. Sabía ocultar su pena y soledad sentimental y maternal... secaba sus lágrimas en el silencio de la noche negra y sin brillo de estrellas, con aquel pañuelo inmaculado que Dios le extendía con ternura y lucidez inmaculada.
Tal vez aquello influía para no exigir compra de zapatos y soportar las espinas que al principio clavaban las plantas de mis pies desnudos.
Me rebelaba a lo que consideraba no era justo, ¿por qué si mi madre no era pecadora, pero sí pobre y trabajadora, sufría el tormento de sacarse la porquería para su existencia y la mía?... acaso es pecado compartir el pan con su hijo y ella quedar tan solo con las migas?
¿Por qué tenía que esconder su llanto en noches negras, frías, solitarias y sin estrellas, habiendo tantas en el cielo?
En ese entonces en la escuela me gritaron: ¡tu mamá es empleada doméstica!...

Carlos Yáñez Olave
Escritor
Prensa El Heraldo | Imprimir | 717
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