jueves 18 de octubre del 2018
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El Diario del Maule Sur
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Hoy
Opinión 11-10-2018
¡Y bueno…Ché!
Llegamos, Con un hijo, a Neuquén en la provincia de Río Negro, Argentina.
Fuimos a la boletería correspondiente a comprar los pasajes hacia nuestro lugar de destino: Chos - Malal

Bastante después de la hora fijada, el bus que empezaba su recorrido desde la misma ciudad, no llegaba.

Fui a preguntar a la ventanilla, y el vendedor dijo: ¡Y!…el horario es aproximado…, a veces el bus no llega.

Nosotros acostumbrados al orden de ese tipo de cosas en Chile nos miramos incrédulos.

Después de bastante rato, cuando ya pensábamos que ese día no viajaríamos, apareció la máquina.

Se bajó el conductor, un hombre grande y maceteado, con la camisa fuera, todo desgüañangado, y tras él uno algo más bajo, desperezándose. Al parecer era el sobrecargo.
No estuvo mucho la máquina en el terminal, y nos fuimos.

Pero las sorpresas seguían.

Al llegar a una encrucijada de caminos, donde terminaba el pavimento, seguimos por un camino de tierra en medio de la pampa -esa especie de tierra arenosa, compacta, con ralas matas de coirón-.

La micro paró junto a una casa de mala muerte a la vera del camino. Bajó el chofer y el ayudante.
Demoraron bastante tiempo. No teníamos idea qué hacían, pero los pasajeros charlaban como si nada.

Al cabo de un rato aparecieron. Primero el más chico, y, al subir el más grande, se colocó en medio del pasillo. Abriendo los brazos nos pregunta, gritando, a los pasajeros: ¿Y?… ¿Por dónde le echamos?
Nos dijimos, éste está borracho.

Pero no era así. Los pasajeros, como lo más natural del mundo, comentaron los pro y los contra de uno u otro camino, con el chofer.
Se decidió cual ruta tomar; el conductor se sentó, hizo andar el motor, y seguimos.

En el camino nos detuvo una pareja de gendarmes. Uno tenía la gorra ladeada, y el otro la camisa abierta. Tras una rápida mirada a la patente subieron tuteándose con el chofer, el que pitaba con toda tranquilidad

Por lo visto, aquí reinaba la informalidad.

Estaba escrito que el viaje iba a ser largo.

Al poco reanudar la marcha el bus empezó a traquetear y echar humo.

No sé qué pasó, la cosa es que tuvimos que esperar que llegara una movilización de reemplazo.
Era éste un minibús. Se bajó uno con pinta de bueno para el trago que no se la quitaba nadie, y después de unos cuantos ché para arriba, y ché para abajo, con el conductor que nos traía, nos hizo subir a su vehículo.

Quedamos en un asiento junto a él.

Aún no partía y ya nos hablaba como viejos amigos: “mis pibes son unos “crá” ché, ¡ Que la rompen ché, que la rompen. esperáte que los descubran¡ ¡ Se van a llenar de guita!
Y yo también soy un macanudo ¿viste? ¡Sin mí este recorrido no funciona!, ¡no!...

Nosotros acostumbrados al tipo tallero de Chile que todo eso lo dice para reírse pensamos que bromeaba, pero después, cuando nos vino la duda, comenzamos a preocuparnos en las manos de quien veníamos a toda velocidad en un camino lleno de curvas.

¡“Pero no, ché, si los argentinos somos así!... ¡Que no cabemos!... ¡Que no cabemos en nosotros mismos, de grandes que somos “!
¡Y lo decía en serio!

La pampa iba quedando atrás reemplazada por los cerros.

A lo lejos se divisaba la cordillera.

Llegamos al término del viaje. En un par de días realizamos lo que teníamos que hacer.

Se veía que la gente vivía sin atados, no se complicaban demasiado, aunque las cosas las resolvieran a gritos.

De regreso nos tocó el mismo minibús, con el mismo chofer:

¡Sí!, sin mí esto no funciona –continuó la conversación anterior cómo si no nos hubiésemos separado- por eso gano mucha guita ¿viste?

¡Y El coso éste…Qué máquina ché! ¡Me la compro! ¡Que me la compro ¿viste?!…Ya la tengo tratada.

- ¿Y cuando la compra?

- ¡Y!…, en cuanto los descubran a mis pibes.



(Manuel Antón)






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