lunes 30 de enero del 2023
El Diario del Maule Sur
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Opinión 22-01-2023
EL RESCATE DE CHILENIDAD DE BENJAMIN MACKENNA Y LOS QUINCHEROS

Jaime Gonzàlez Colville
Academia Chilena de la Historia

Tres o cuatro veces, en la década de los setenta y los ochenta, encontré a Benjamín Mackenna en el copioso y nutrido archivo de la música de la Biblioteca Nacional. En esas ocasiones indagaba, junto a una o dos personas, tal vez integrantes de su grupo, sobre olvidados compositores, de los que hoy no se tiene memoria, pero sí de sus temas.
En ocasiones, por las demoras que tienen los encargados en traer el pedido, intercambiamos algunas opiniones sobre el folklore chileno y su riesgo de extinción. Manifestaba que la gran búsqueda de los Huasos Quincheros era el antiguo folklore de nuestros campos o de los viejos pueblos, donde existieron compositores de hermosas canciones, pérdidas en el añil incierto del tiempo.
Una vez buscaba datos de María Luisa Sepúlveda, una chillaneja de la primera mitad del siglo pasado, quien compuso infinidad de temas, varios de gran categoría, pero cuyas partituras se extraviaron, sobreviviendo sólo algunas por un milagro de los años.
Nicanor Molinare era el preferido del grupo. El macizo y vividor creador, amigo de bohemias y trasnochadas, dejó unas tonadas imborrables de nuestro patrimonio, interpretadas por el talento del grupo que lideró Mackenna. Posiblemente Ud. oyó “Mantelito Blanco”, “El Hierbatero”, “Cantarito de Greda”, “Cura de mi Pueblo” y el famoso “Chiu Chiu”, que según narraba el fallecido intérprete, lo compuso en un banco de calle Brasil de Santiago, cuando de amanecida volvía de una francachela y el canto de los pájaros le inspiró esa bella composición.
Más atrás aún, tal vez se evoque en la vuelta de algún paseo veraniego, a un grupo entonando “Que Grande que Viene el río, Que Grande que Va a la Mar..”, hermosa estampa estival hecho estrofa musical que compuso un poeta chileno del siglo XIX, Josè Antonio Soffia, quien murió en 1886 siendo embajador de nuestro país en Colombia.
Desfilaban nombres en el recuento de Mackenna, “Las Caracolito”, dos hermanas famosas por sus cantos en los rodeos de la década de los 50 en Parral o San Carlos, Silvia Pizarro, o Silvia la Trigueña, de Valparaíso, todas urdidoras de canciones que este grupo sacó de los baúles y cajas polvorientas para hacerlas aletear en los acordes de sus guitarras. O un Osman Pérez Freire, fallecido en Madrid en 1930 tras cantar ante el mismísimo Rey de España, compositor e intérprete de primer orden de “La Tranquera” y el “Ayayay” o “Corazón de Mujer”, de sus hijas Mercedes y Lily Pérez Freire.
Hacemos estas reflexiones por esa tenaz costumbre de este Chile, siempre convaleciente de algún mal, de encasillar a los grupos musicales, personas, artistas o simples ciudadanos, en gente “de izquierda” “de derecha”, de “arriba” o “abajo”… Nos preguntamos, ¿Se puede endilgar tan livianamente algunos de estos calificativos al grupo que rescató lo más esencial de la música chilena?
Pero presencié otras discusiones en la Biblioteca Nacional, Oreste Plath, sumo sacerdote del folklore, rango al que muchos contribuimos a elevarlo y quemarle incienso, decía que, en el campo chileno “el hombre no canta” y sólo lo hacía la mujer. Y doña Margot Loyola, también cercana a la deidad en estos afanes, miraba con recelo indisimulado a Los Quincheros.
Entonces, destacar ahora, en el instante solemne de su muerte, que era de la “aristocracia”, que recibió premios de los municipios del barrio alto de Santiago o que una joven cantante “se arriesgó” para hacerle entrega de algún galardón, nos parece tan efímero e inefable como pretender desglosar la obra de un pintor juzgando sus vestimentas, amistades o el lugar donde vive.
Benjamín Mackenna, descendiente de un revolucionario liberal y anárquico como fue Benjamín Vicuña Mackenna, enfrentado a feroces luchas políticas a mediados del siglo XIX, fue en realidad, el guardador, junto a su grupo, de la esencia más popular y profunda del viejo Chile, de sus canciones olientes a yerba mate, a cedrón y azúcar quemada de los braseros de nuestras abuelas, del pan amasado y del vino tinto escanciado en un rustico vaso. Los Quincheros no hicieron música clásica, sino que descendieron a las profundidades del alma popular, para traernos y a la vez eternizar canciones que los chilenos del ayer distante oyeron con emoción, sentimiento que no ha cambiado en quien ame las tradiciones.

La lista de esta discriminación injusta en torno a varios autores es amplia. Mariano Latorre, el maestro de la descripción de nuestros campos, fue enrostrado por ser un “pije” o un “dandy” de atildado vestir y gustos citadinos, Carlos Acuña, el inolvidable poeta de Cauquenes y Armando Ulloa, el vate de Huinganes y que hoy están en todas las antologías de las letras patrias, se les imputó mirar a sus temas, huasos, campos, ranchos y arroyos, como lo hiciera un patrón desde la montura de su caballo, a Alberto Blest Gana, yendo más lejos en el tiempo, gran pintor de costumbres del siglo XIX, se le atribuyó la defensa de la elite santiaguina y el menosprecio de los más humildes. Nuestra relación podría ser más larga, como superflua es esta imaginaria separación entre el autor y su obra.
Los Quincheros, Benjamín Mackenna, acogieron en sus voces el alma de una nacionalidad que muchos se esfuerzan en extinguir. Reconstruyeron una música íntimamente vernácula que, de otro modo se hubiese hundido para siempre en el arcano del ayer. Los cultores, los investigadores o los simples degustadores del alma y corazón tan propia de esta tierra, irán a sus composiciones en el futuro, para recuperar esa esencia de lo que nos pertenece como país y tradición, entonces, no creemos que se le reste valor, porque cantaron en este o aquel escenario, fueron homenajeados por determinada autoridad o abrazaron tal o cual afinidad ideológica.
Y el que no entiende esto, en realidad nunca comprenderá el alma de la patria.
Freddy Mora | Imprimir | 241