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Saturday 11 de July del 2026
Opinión 07-07-2026
Allí donde termina el lenguaje


Jaime González Sanhueza, periodista
Vivimos una época extraña. Nunca había sido tan importante aprender a nombrar el mundo. La inteligencia artificial nos ha enseñado una lección inesperada: mientras más preciso es nuestro lenguaje, mejores son las respuestas que obtenemos. Una palabra abre un camino; otra lo cierra. Un concepto no solo explica una realidad: también la hace aparecer.
Por eso Ludwig Wittgenstein, filósofo austríaco-británico nacido en 1889 y muerto en 1951, vuelve a ser un contemporáneo. En el Tractatus Logico-Philosophicus, publicado en 1921, escribió una frase que parece haber sido pensada para nuestro tiempo: «Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo».
Y, sin embargo, con los años he descubierto que el mundo también comienza allí donde el lenguaje termina.
He vivido experiencias de profunda contemplación, de terapia y de silencio donde el pensamiento deja de ocupar el centro de la existencia. No desaparece la conciencia. Desaparece, por un instante, quien la narra.
Ya no está Jaime. Ya no está la biografía, el oficio, las preocupaciones ni el incesante diálogo interior. Queda solamente una presencia. Una forma de habitar el instante sin necesidad de nombrarlo. Como si el ser respirara antes de convertirse en palabra.
Luego uno regresa.
Y comienza la tarea imposible: contar lo vivido.
Decimos paz. Decimos vacío. Decimos plenitud. Decimos flotar. Pero cada palabra parece quedarse detenida en la orilla. La experiencia siempre es más amplia que el idioma que intenta contenerla. El lenguaje, que tantas veces ilumina el mundo, también lo reduce.
Quizás por eso el propio Wittgenstein concluyó su obra con otra frase inolvidable: «De lo que no se puede hablar, hay que callar».
Durante mucho tiempo creí que esa frase era un límite. Hoy pienso que es una invitación a la humildad. No todo lo real cabe en una oración. Existen experiencias que solo pueden insinuarse, como un paisaje que se adivina entre la niebla o el perfume de una lluvia antes de caer.
Y, sin embargo, seguimos necesitando las palabras.
Porque cada palabra nueva amplía nuestra manera de habitar el mundo. Quien descubre un concepto descubre también una forma distinta de mirar. La filosofía, la literatura, la poesía y la ciencia no solo enriquecen el vocabulario: ensanchan la existencia.
Tal vez esa sea una de las tareas más hermosas de nuestra época. Aprender nuevos lenguajes para comprender mejor el mundo, sin olvidar que el mundo siempre conservará una parte indómita, imposible de domesticar por las palabras.
Porque el lenguaje es nuestra casa.
Pero no todo el horizonte cabe dentro de una casa.
Y quizá las experiencias más profundas de la vida comienzan precisamente cuando, por un instante, dejamos de hablar y simplemente aprendemos a habitar
Freddy Mora | Imprimir | 150
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