domingo 16 de junio del 2024
El Diario del Maule Sur
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Hoy
Opinión 19-09-2023
APRENDER A VIVIR DESDE LA ILIMITADA DESPROPORCIÓN DEL PERDÓN…

Raúl Moris G. Pbro.


La palabra que articula el Evangelio del reciente domingo es la Magnanimidad, (en griego Makrothümía); éste es el rasgo que abunda en el corazón del Rey de la Parábola que Jesús le cuenta a Pedro, pero que escasea en la mezquina actitud del servidor hacia su compañero.
Makrothümía o Magnanimidad, es una palabra con una larga data en la historia de la lengua griega; refleja la grandeza de ánimo de los héroes que se inmolan por causas que los sobrepasan; en Aristóteles, es la anchura, la amplitud de un corazón que puede abrigar pensamientos y sentimientos nobles y centrados en el bien del otro, suma excelencia en el terreno de la práctica de la justicia en el marco de la vida en sociedad, virtud máxima del señorío en el ejercicio de la política.
Sin embargo, la desafiante novedad de este Evangelio es que la Magnanimidad, que apela a la generosa actitud del rey de la parábola, que revela e ilustra la misericordia de Dios, que el pueblo de Israel ha recibido a manos llenas de parte del Señor, tiene que ver menos con la manifestación de un vertical descendente y aséptico derecho, que con el acoger la práctica de la compasión entrañable de Dios, al modo ilimitado y desproporcionado propio del Padre, para así ensanchar la estrechez de los cálculos con que sacamos cuentas en nuestro corazón: una actitud que no puede quedarse en la buena intención de la mente y el corazón, sino que ha de bajar hasta las entrañas, para movernos a una empatía profunda, para transformarse, en un plano horizontal, en vivencia concreta de la acogida activa de la necesidad de los hermanos.
Las primeras comunidades de discípulos de Jesús no eran comunidades ideales, angélicas, impermeables a los problemas y fricciones que se suscitan en el día a día de cualquier grupo humano, la Iglesia de los primeros tiempos, conoció las mismas tensiones que se producen en el trato cotidiano de nuestras comunidades cristianas; las mismas rencillas, las mismas susceptibilidades heridas, la misma competencia por obtener, mantener y defender, incluso ínfimas cuotas de poder (el viejo y siempre renovado problema de las llaves, no las del Reino de los Cielos, por cierto, sino simplemente las de la capilla, las de la sede) también entre los primeros cristianos, en la Iglesia naciente, había quienes se quitaban el saludo a la primera, también entre ellos la ofensa engendraba resentimiento, también entre ellos, pequeños y grandes rencores amenazaban con minar la vida del grupo, tendían a carcomer los cimientos de la comunidad.
La pregunta de Pedro, entonces, en el Evangelio de hoy, el final del cap. 18, en el que se dejan establecidas la regla que quiere el Señor para esta comunidad peregrina, frágil, con las torpezas propias de la humanidad concreta, pero depositaria del Misterio de salvación que el Padre ha querido que se revele en la Encarnación, no es una pregunta teórica, sino que se genera a partir de la imperiosa necesidad de tener que dejar asentadas en las propias palabras del Señor las bases de la convivencia cristiana: “¿Cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?”
El número siete no era uno indiferente para un hombre que pertenece a la cultura judía, hay algo de retórica en la pregunta que el Discípulo hace al Señor en nombre de la comunidad; perdonar hasta siete veces, es lo que Pedro ha aprendido que es lo que hace un hombre justo, irreprochable ante los ojos del Señor; ya es difícil perdonar una sola vez, llegar a perdonar hasta siete veces, significa en esta cultura llegar a un grado de justicia y mansedumbre al que sólo un sabio, humanamente hablando, puede aspirar.
Pedro probablemente esperaba una respuesta aprobatoria de parte de Jesús, pues él mismo está poniendo la vara, el límite del perdón, en un punto altísimo, solo alcanzable por alguien que se ha ejercitado arduamente en la tolerancia, en la piedad, en el empinado camino de los hombres que aspiran a la santidad; sin embargo una vez más la respuesta del Señor es sorprendente y desafiante: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”, al multiplicar la cifra propuesta de esa manera, se llega a un número inconmensurable para la mentalidad de la época: no habrás de perdonar a tu hermano tantas veces como lo tiene que hacer simplemente un hombre justo; la medida que debe imperar en la comunidad de los discípulos debe ser proporcional a la misericordia recibida de parte del Señor, y -puesto que ésta es inconmensurable- la medida del perdón para la comunidad, para que ésta sea creíble en su anuncio, ha de rebasar, por tanto, toda medida.
La parábola propuesta es clarísima, más todavía si observamos el absoluto paralelo en el que se sitúan las dos escenas de súplica: la del servidor del rey y la del compañero de aquel: el pecado del servidor, brota de su absoluta falta de empatía; consiste en no ocurrírsele aplicar sobre el hermano, sobre su compañero de trabajo y de penurias, la medida que ha recibido; consiste en no darse cuenta de que, si somos objeto de misericordia, nuestra misión es propagarla, lo único que el Señor está esperando de nosotros, es que seamos capaces de transparentarla.
Hasta dónde prolongar entonces la difusión del perdón y de la compasión en una comunidad de discípulos de Cristo; la respuesta de Jesús y de la parábola es una sola: Sin límites. Nadie en la comunidad ha hecho nada que lo haga merecedor del perdón; pero este ha sido derramado gratis e ilimitado; así actúa la Gracia, que no es respuesta por parte de Dios a la acción del hombre, sino propuesta primera y originaria; sin embargo es una propuesta que nos invita a difundirla con gestos concretos de acogida fraterna; solo así hablar de la gracia y del perdón es hablar de algo creíble y no meramente hacer un ejercicio de retórica conmovedora; solo así el discípulo se hace creíble y fecundo, y se pone a disposición de la tarea evangélica de transformar desde dentro y desde abajo la comunidad humana, en cuya construcción estamos llamados a colaborar.
En esto consiste la tremenda tarea de la comunidad cristiana, en esto está llamada a distinguirse de cualquier otra asociación humana, en practicar el perdón de verdad, en proporción a la gracia que la ha convocado; que no es por cierto declarar intenciones, pronunciar palabras de reconciliación, para luego tomar distancias, mantener reservas, resguardarse -no vaya a ser que el hermano vuelva a ofendernos, vuelva a herirnos- sino abrir los brazos al abrazo, confiados una y otra vez en el hermano, regalarle una y otra vez el don precioso de la vulnerabilidad del amor, por el solo hecho de que el Señor nos ha puesto juntos y en camino para demostrarnos la absoluta confianza que nos tiene, al dejar que el anuncio de su Palabra quede en nuestras manos.
Freddy Mora | Imprimir | 322