Hoy
Friday 16 de October del 2026
Opinión 02-10-2026
Cuando el colegio duele

Maritza Escobar Montero
Académica de la Facultad de Educación, U. Central
Hay niños y jóvenes que cada mañana llegan al colegio con un nudo en el estómago. No por una prueba, sino por lo que puede pasar en el recreo, en la sala o en el celular. El acoso escolar rara vez hace ruido: se instala de a poco, se repite y muchas veces se vive en silencio.
Contamos con protocolos y normas para enfrentarlo, y son herramientas necesarias. Pero lo que realmente puede marcar una diferencia es algo más cotidiano: un adulto que observa, pregunta y acompaña.
Para las familias, algunas señales pueden aparecer antes que las palabras. Un hijo que se vuelve más callado, que pierde las ganas de ir al colegio o que se aleja de sus amigos puede estar pidiendo ayuda. No siempre hay que tener todas las respuestas. A veces basta con decir: “Aquí estoy, cuando quieras hablamos”. Y si algo preocupa, conversar con el profesor jefe o con el equipo de convivencia escolar puede ser el primer paso.
También están los compañeros. Acercarse, incluir, sentarse al lado o avisar a un adulto puede cambiar la experiencia de quien se siente solo. No les corresponde resolver el problema, pero sí pueden ayudar a que nadie quede invisible.
Los colegios tienen, por supuesto, una responsabilidad fundamental: no solo reaccionar cuando ocurre una situación de acoso, sino generar espacios donde hablar sea posible y donde cada aviso tenga una respuesta.
Porque el acoso escolar no se resuelve únicamente con reglamentos. Se enfrenta cuando una comunidad aprende a mirar, escuchar y actuar. Cuando nadie tiene que vivir el colegio con un nudo en el estómago y, sobre todo, cuando nadie tiene que enfrentarlo solo.
Académica de la Facultad de Educación, U. Central
Hay niños y jóvenes que cada mañana llegan al colegio con un nudo en el estómago. No por una prueba, sino por lo que puede pasar en el recreo, en la sala o en el celular. El acoso escolar rara vez hace ruido: se instala de a poco, se repite y muchas veces se vive en silencio.
Contamos con protocolos y normas para enfrentarlo, y son herramientas necesarias. Pero lo que realmente puede marcar una diferencia es algo más cotidiano: un adulto que observa, pregunta y acompaña.
Para las familias, algunas señales pueden aparecer antes que las palabras. Un hijo que se vuelve más callado, que pierde las ganas de ir al colegio o que se aleja de sus amigos puede estar pidiendo ayuda. No siempre hay que tener todas las respuestas. A veces basta con decir: “Aquí estoy, cuando quieras hablamos”. Y si algo preocupa, conversar con el profesor jefe o con el equipo de convivencia escolar puede ser el primer paso.
También están los compañeros. Acercarse, incluir, sentarse al lado o avisar a un adulto puede cambiar la experiencia de quien se siente solo. No les corresponde resolver el problema, pero sí pueden ayudar a que nadie quede invisible.
Los colegios tienen, por supuesto, una responsabilidad fundamental: no solo reaccionar cuando ocurre una situación de acoso, sino generar espacios donde hablar sea posible y donde cada aviso tenga una respuesta.
Porque el acoso escolar no se resuelve únicamente con reglamentos. Se enfrenta cuando una comunidad aprende a mirar, escuchar y actuar. Cuando nadie tiene que vivir el colegio con un nudo en el estómago y, sobre todo, cuando nadie tiene que enfrentarlo solo.
Freddy Mora | Imprimir | 158


