sábado 03 de diciembre del 2022
El Diario del Maule Sur
FUNDADO EL 29 DE AGOSTO DE 1937
Hoy
Cultura 13-11-2022
DEL MAULE AL PERQUILAUQUEN
Autor: Héctor Herrera Flores.
Poesía. Autoedición, 77 páginas, 2020
(Prólogo de Jaime González Colville)
“Cuando observo el mundo que me rodea/y percibo tanto sufrimiento ajeno/ siento que perdí el derecho a preguntarme/ si puedo ser feliz o si tal vez no lo merezco.” (pág. 22)

En lo simple suele conjugarse lo profundo. La naturaleza no pregunta ni cuestiona. La semilla surge sin siquiera proponérselo. O quizás sí, es probable que su configuración en planta, árbol o flor no sea otra cosa que el misterio mismo de la creación hecho reino. Las palabras nos envuelven y nos traicionan. Ocasionalmente el silencio nos acalla y entonces miramos a un cielo que no advertimos o agachamos la cabeza para revelar la tierra que pisamos.
El verso nos enseña y nos recrea. A veces nos tienta y nos sacude o ingenuamente nos observa en su quietud virginal esperando ser descubierto. Entonces el poeta sacude su modorra interior e intenta ver bajo las piedras, se sumerge en la corriente de un río que ha mirado cientos de veces y que nunca ha percibido. Hasta que un destello fugaz, como un temblor del alma, lo estremece y se refriega los ojos como si despertara.
He ahí el individuo hecho hombre. Se descalza y camina por un campo que nadie nunca ha horadado y sueña. Sueña que un día transita senderos que nadie de ningún modo recorrió y suspira. Ve el entramado de su propia historia personal, ve a sus padres como en una nebulosa y contempla anonadado a su descendencia. Se yergue en medio de la noche examinando unas estrellas que lo llaman como a un recuerdo. Y por su vida pasan las horas y las estaciones. Se encorva la espalda y presiente que el camino es cada vez más corto.
Sin embargo, su presencia no se amilana. Más allá de la niebla que surge entre el Ancoa y el Achibueno hay una lucecita exigua que atraviesa el espacio y lo ilumina. Entre Loncomilla y Villa Seca la distancia no existe. Hay un trecho que sobrecoge y que lo llama. En medio de ciertas soledades la vitalidad ruge como un animal que se niega al sacrificio. Sus versos parecieran recobrar a cada instante el valor de la palabra no dicha. El silencio que tanto nos cuesta queda aprisionado entre las líneas. Y el hombre se siente niño y anciano a la vez.
Como en una vieja pintura de Van Gogh las noches se estrellan en su rostro curtido y una lagrima traviesa se escurre como un torrente discreto. No sabe si llora de pena o de alegría. A veces una. A veces otra. Y declama.
Aprendió a cantar en versos que riman y sus estrofas recogen toda su estampa. Y claro, quién puede descifrar aquello que nunca se dijo, lo que se insinuó o lo que quedó a medio andar como si los pasos de un niño se esforzaran en aprender el sendero que solo él intenta atravesar.
La tierra se cubre de viñas, bajo los parrones se tiñe de un sabor vinoso equivalente a la amistad. En el paso y peso de los años hay un Dios personal que lo interroga. O a la inversa. A pesar de la aceptación, el destino se forja y se destruye sin que lo sepamos. ¡Quién sabe!
Hay momentos que nunca mueren, que se eternizan en un resplandor de los ojos entrecerrados por su luminosidad o cegados por la nostalgia. Es la existencia resumida. El profesor que trazó una línea imaginaria sobre un pizarrón oscuro. La familia que crece y que parte. Las añoranzas que se retienen como un escudo para no morir temprano.
En fin, no, no se trata de Pessoa o de Vallejo. ¿Y ello tiene alguna importancia? Se trata sin ambages de Héctor Herrera, un poeta espontáneo, sincero, que traduce en versos rimados la profunda sencillez de una vida consciente y necesaria.
Si eso no es un mérito suficiente para declamarlo y sentir que sí valió el esfuerzo, no sé de qué otra manera pudiera medirse el valor de sus palabras.
Juan Mihovil
Freddy Mora | Imprimir | 363