lunes 15 de abril del 2024 | Santoral Crecente
El Diario del Maule Sur
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Opinión 31-03-2024
DESPERTAR A LA RESURRECCIÓN…
Raúl Moris G., Pbro.

Del mismo modo en que en toda la extensión del primer relato de la Pasión el acento está puesto en aquellos hombres y mujeres humildes, personajes pequeños y secundarios que ven elevada su estatura al ser alcanzados por la mirada de Jesús, al quedarse fijados en su memoria, y en la memoria agradecida de la Iglesia, de este mismo modo continúa el relato del acontecimiento de la Resurrección: los primeros testigos no serán los Apóstoles, que, desde el prendimiento de Jesús desaparecen de la escena, confundidos, perplejos, presas del miedo, sino estas mujeres cuya fidelidad es mayor que su temor, cuya diligencia supera la consternación de haber visto morir a su amigo y su esperanza clavado en la cruz.
Estas mujeres que, como tantas otras hasta nuestros días, son capaces de mantenerse firmes en la desgracia y fieles en el dolor, que saben que alguien tiene que seguir haciendo lo que se debe, cuando todos bajan los brazos, o se sienten aniquilados por la tristeza, el miedo, el desconcierto, y asumen la tarea de seguir humildemente configurando, poniendo algo de orden en el mundo, aunque se esté desmoronando alrededor.
Eso es lo que están haciendo estas mujeres que, acabado el sábado, es decir, al atardecer del segundo día, se apresuraron a comprar los perfumes necesarios para el embalsamamiento de costumbre, y así proceder al funeral y a la sepultación de Jesús, (no hay que olvidar que, como nos recordaba el Evangelista al final del Relato de la Pasión, la tumba en la que José de Arimatea había puesto al Señor, era solamente provisoria, para no dejar el cadáver expuesto mientras se celebraba el solemne descanso de este sábado, que además coincidía ese año con la celebración de la Pascua del pueblo de Israel).
Estas mujeres que no pueden aguardar a que salga el sol del primer día de la semana, para ser ellas las primeras en preparar el cuerpo de Jesús, lo único que les resta de este hombre que con sus acciones y palabras les ha colmado de sentido sus vidas, que las ha hecho descubrirse con ojos nuevos, que les ha hecho sentir que son predilectas para el amor del Dios que escoge a los sencillos como sus amigos.
A esto se apresuran a la tumba: a encontrarse con el cadáver del amigo, a limpiar las huellas de las heridas, a preparar el cadáver para dignificar con empeño amoroso y el sencillo decoro de los humildes, la brutal evidencia de la muerte.
Por eso la sorpresa y el temor son su reacción al encontrarse con este nuevo escenario; nosotros, que conocemos el relato desde la perspectiva pascual, desde la reflexión orante que llevó a los evangelistas a escribir, luego de unos treinta o cuarenta años, para sus comunidades esta buena noticia, también nos sorprendemos y solemos preguntarnos: ¿Pero es que no sabían que iba a resucitar el Señor? ¿Por qué tanto desconcierto?
Y es que, efectivamente, no lo sabían, no habían logrado todavía llegar a la comprensión del alcance real de las palabras de Jesús cuando les había anunciado su Pasión. Jesús había utilizado palabras del uso cotidiano para intentar aludir al acontecimiento que iba a irrumpir y desbaratar el continuo de la cotidianeidad de sus vidas para siempre.
Los Evangelios recogen esas palabras de Jesús con dos verbos: anhístemi, (literalmente: ponerse de pie, [como quien se levanta de una silla]) y egeiro (levantarse, [como quien sale nuevamente de la cama cada mañana]), la palabra Resurrección, en su sentido específico, como nosotros la entendemos ahora, nace precisamente después de que estas mujeres, y luego los apóstoles hacen la experiencia del encuentro con el Señor, nace a partir de este mismo encuentro.
Antes de este Primer Día de la Semana, las palabras de Jesús habían resonado en los oídos perplejos de sus discípulos, o bien como una metáfora incomprensible, opacada por la turbación que despertaban las palabras acerca de la pasión y de la muerte, o bien como la afirmación de la esperanza que el pueblo de Israel venía incubando abiertamente al menos desde el tiempo de la revuelta de los Macabeos: que al final de los tiempos, Dios restauraría, haría volver a la vida, para recompensarlos, a los que hubieran muerto por causa de su fe.
Solo lo que está ocurriendo en este Primer Día de la Semana, va a proporcionarles a estas mujeres, a los Apóstoles, a los Discípulos y a las comunidades que fueron naciendo al propagarse la noticia, el inédito sentido que tenían las palabras pronunciadas por el Señor camino a Jerusalén.
Porque este Primer Día de la Semana introduce a los testigos, de manera radical y retorno, en la dimensión del Misterio: este Primer Día de la Semana, no es el primero de las sucesivas semanas del tiempo de la vida ordinaria, el que sigue a la semana que ya pasó, es el Primer Día de la Semana Definitiva, la semana del Plan Consumado, del Plan que hace de la Historia de la Creación una Historia de Salvación, unificando y dando sentido al peregrinar del hombre hacia Dios y del peregrinar de Dios como compañero de los hombres.
Estas mujeres al levantarse, no sabían todavía que estaban despertando para ser testigos de la irrupción del kairós, del momento de Dios, en el khronos, el tiempo de los hombres, momento, a partir de la cual este último se transfigura y urge entenderlo de un modo nuevo.
Por eso, todo es sorpresa, por eso el temor de estas mujeres al darse cuenta poco a poco de que están entrando en territorio sagrado, por eso es que el estupor inicial no se disipa, y el temor persiste incluso después del anuncio y de la invitación al encuentro con el Señor en Galilea, allí en donde había comenzado hacía tres años este aventurar del Dios que vino a compartir su suerte con la nuestra; por eso es que estas mujeres -nos insiste el texto- quedan fuera de sí y su primera reacción es callar la noticia.
Se ha abierto para estas primeras testigos un portal nuevo, por el que solo se puede transitar desde la fe: la fidelidad de ellas al amigo muerto y sepultado, su valentía al ser las primeras al acudir a la tumba, va a ser recompensada con este regalo que es a su vez un desafío: lo que sus ojos ven es una tumba vacía, lo que están llamadas a acoger en su corazón y en su inteligencia es la rotunda verdad de la Resurrección, sin que el Resucitado se deje ver todavía por ellas… El Primer Día de la Semana está recién amaneciendo, está recién despertando para estas mujeres y para la Iglesia que nace, la alegría incontenible de la Salvación.
Freddy Mora | Imprimir | 201