miércoles 28 de septiembre del 2022
El Diario del Maule Sur
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Opinión 14-08-2022
Dgo. 20 del T. Ord. c.C. 2022 Un Ímpetu Incendiario…
Raúl Moris G. Pbro.


Llevaba ya algún tiempo la persecución de las primeras comunidades cristianas, cuando Lucas, recuerda poner por escrito estas palabras de Jesús que dan cuenta de una situación que efectivamente venía aconteciendo entre quienes constituían la segunda y tercera generación ya de cristianos.

Efectivamente la división y la contradicción comenzaban a aparecer en medio de la gente que escuchaba la predicación de los Apóstoles y de los misioneros, que recorrían la cuenca del Mediterráneo, fundando pequeñas comunidades y animando la vida de las ya establecidas; división y contradicción, que surgía del ímpetu que consumía a aquellos que, en medio de sus familias, en medio de las diversas realidades culturales a donde pertenecían, sentían que no podían dejarse abrasar por la Palabra, sin abrazar del todo la causa de Cristo; un fuego incontenible estaba, poco a poco e irrevocablemente, empezando a incendiar la tierra: el fuego del martirio de los que habían decidido asumir todos los riesgos, con tal de seguir conociendo y amando a Jesús, entregado por el Padre y por los hombres, para la salvación de la humanidad.

Esta situación constituye el contexto vital en el que las difíciles palabras del Señor son incorporadas en el tercer Evangelio: la persecución de los primeros testigos del Señor que, desde el año 65, bajo el mandato de Nerón se había desatado en brotes locales que despuntaban por distintos rincones del Imperio; la aparición de un nuevo y radical sentido para la palabra “testigos” (mártüres), que tan preciada es para Lucas, al punto que es una de las definiciones claves de los Apóstoles en los relatos de la Resurrección: el mártüs será aquel que no solo transmitirá de palabra el testimonio recibido de la noticia de Jesucristo muerto y resucitado, sino que rubricará (nunca mejor empleada esta palabra) con su roja sangre derramada su adhesión al poder salvador de esa muerte y resurrección.

¿Trajo esa radicalidad para asumir el testimonio, tranquilidad en el seno de las comunidades, ya agitadas por un sentimiento de crisis generalizada en el último tercio del s I? Sin duda no.

A la situación de inestabilidad que el Imperio Romano estaba viviendo en la propia ciudad de Roma, a la amenaza constante de los bárbaros, que ya estaban aprendiendo a hacer frente a las legiones romanas en las fronteras, a las crisis de una economía cada vez más incapaz de hacer frente a los inmensos gastos administrativos del Imperio, con sus secuelas de escasez y hambrunas recurrentes, a la predicación incesante y divergente de las diversas doctrinas de salvación que medraban en la angustia y en la incertidumbre de los tiempos, se le sumó esta otra, manifestada al calor del fuego de los hogares: que un miembro de la familia se declarase abiertamente cristiano, suponía una amenaza para la paz familiar, que de pronto vislumbraban la amenaza de una muerte violenta irguiéndose en medio de sus propias casas.

Ante este estado de cosas, los cristianos tuvieron que enfrentarse a un discernimiento crucial: vivir la verdad del Evangelio hasta sus últimas consecuencias: la muerte testimonial; o simular, callar por temor, para mantener una precaria paz, en la ilusión de que el seguimiento del Señor puede ser vivido a medias, puede ser transado según la conveniencia de los tiempos.

“Eirene” es el bello nombre que en griego se le da a la Paz, pero desde esta palabra hermosa viene el nombre de un feo y frecuente vicio en las relaciones humanas, en las relaciones sociales, el vicio del “irenismo”; que consiste en poner la paz en la cumbre de nuestras opciones, en la cima de nuestros valores; la paz cueste lo que cueste.

En tiempos de pluralismo cultural, y de incertezas, como aconteció en la así llamada Antigüedad Tardía, o como el nuestro, (llamémosle Modernidad Tardía o Posmodernidad) el irenismo suele cundir, y todo intento de expresar con claridad cuáles son nuestras convicciones, cuántos y cuáles son los No, que resultan como consecuencia de un decidido y radical Sí, se ve amenazado por la acusación de fanatismo o intolerancia.

Una genuina vocación de cristianos no es la del irenismo, no es la de conseguir o mantener la paz a toda costa: la Paz, siendo muy cara para Jesús -que se reconoce y se presenta a sí mismo como manso y humilde de corazón- no está por sobre la Verdad y las exigencias de la Caridad; al contrario, sin el esplendor de estas últimas no puede resplandecer aquella.

Si por “Paz” entendemos una calma cómoda y cobarde, efectivamente no es eso lo que ha venido a traer Cristo, no es aquello por lo que se gastaron las fuerzas de tantos evangelizadores, por lo que entregaron sus vidas con generosidad los mártires, esa “nube de testigos” que intercede por nosotros en el cielo, como nos recuerda la Epístola a los Hebreos (Hb 12, 1); la paz que sí es de Cristo es la que nace del triunfo del amor, que no es sino el más espléndido rostro de la Verdad.

Si para conseguir paz y tranquilidad en torno nuestro optamos por callar cuando Cristo nos estaría pidiendo proclamar a gritos su Evangelio, si para mantener la calma y no incomodar a nadie, optamos hacernos oportunamente los sordos y los ciegos ante el atropello de la vida de los más indefensos, ante la violencia y la injusticia, delante de la inicua inequidad de la economía, delante de la grosera ostentación de los poderosos, entonces no malgastemos en nosotros el nombre de cristianos.

Así como no nos es lícito por salvaguardar la tranquilidad, por evitar el conflicto, callar pusilánimes el anuncio del Reino, aún en medio de un mundo que no quiera reconocer los signos de su presencia o intente sofocarlos apenas éstos se asomen; tampoco lo es evitar a toda costa los costos del martirio; al contrario, porque el testimonio que hemos sido invitados a dar, va a exigir heroísmo y abandono absoluto en las manos del Padre, si es que tomamos en serio y de verdad nuestro puesto en la misión que Él comenzó cuando envió a su Hijo; así lo entendieron Pedro, Pablo, Santiago, Esteban, Ignacio, Inés, Sebastián, Perpetua y Felicidad, Lorenzo y tantos otros que pueblan desde el inicio la Iglesia celeste que nos precede delante del Padre, así lo entendieron tantos miles, que conocidos sólo por el Señor, abrazan hoy mismo y en tantos lugares del mundo, hasta el extremo, el anuncio y la denuncia que les exige la vocación de profetas que nos dejó como don y misión Jesucristo.

El cristiano no está invitado a un vivir políticamente correcto, a un querer estar bien con todo el mundo, aún a riesgo de sólo decir las cosas piadosas que a muchos gustan y esperan oír, pero que no incomodan ni desafían, no interpelan a nadie, ni dejan huella alguna; pretextando mansedumbre y vocación de paz, aún a costa de desviar la mirada de la injusticia flagrante. El cristiano está llamado a ser testigo de la esperanza, a indignarse frente al abuso, a denunciar la conveniente prédica de la resignación de los pobres y oprimidos; a ser un profeta movido por la misma exigencia del amor que quiso encarnarse, plantar su tienda entre nosotros y contemplarnos intensamente y con misericordia desde la cruz.

El testigo de Cristo no está llamado a cuidarse, a mantenerse al margen de los problemas, para evitar el dejar de caer simpático, ser cristiano exige pronunciarse abiertamente a favor del amor, de la verdad, exige alzar la voz a favor de la justicia, exige pedir día a día que el Señor nos abra los sentidos del discípulo: ojos escrutadores para reconocer su Reino despuntando en medio del mundo, oídos agudos para distinguir la voz del Señor, que insiste en medio de las miles que nos atraen y seducen de continuo, manos laboriosas para desbrozar aquello que sofoca su manifestación, pies de pasos firmes para abrir senderos por donde avancen los que llevan la buena noticia a los pobres, y una voz clara al servicio del Espíritu, que no enmudezca ante la amenaza, ni se ponga en venta al precio de la adulación, que no cese de proclamar a la humanidad cuál es su sentido, su vocación y su Señor, que no deje de anunciar de qué índole es el fuego impetuoso que se ha encendido para hacer que resplandezca de amor y compromiso con los más pobres la tierra entera.

Freddy Mora | Imprimir | 310