sábado 04 de febrero del 2023
El Diario del Maule Sur
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Hoy
Opinión 22-01-2023
Domingo 22 de enero 2023, 3º del tiempo durante el año La Luz de la Palabra

Raúl Moris G. Pbro.



En la Eucaristía del día de Navidad, el Cuarto Evangelio, en su Prólogo, nos remonta a la contemplación de la economía eterna de la intimidad trinitaria: El que es la Palabra, en eterna comunión de amor con el Dios invisible, luz y vida de todo lo creado, ha decidido por amor entrar en la historia y caminar en medio de ella, a pesar de la pertinaz resistencia que encontrará en esta humanidad que ha escogido como morada, en un gesto sin retorno: La Palabra se hizo carne, y puso su tienda en medio de nosotros.
El domingo siguente a la Navidad, la liturgia nos invita a considerar, en la Fiesta de la Sagrada Familia, la hondura y seriedad que la Encarnación comporta: ninguna de las experiencias de la humanidad sufriente permanece ajena de la Palabra hecha carne: conocerá la indefensión de nacer en el seno de una familia de pobres, conocerá el sometimiento a las veleidades del poder: la persecusión, la migración forzada; tendrá que aprender las habilidades básicas para la vida para transitar por las etapas de crecimiento desde la infancia a la adultez, habrá de ser conocido como el hijo del carpintero.
Luego en la Solemnidad de la Epifanía, la palabra se anunciará como revelación resplandeciente para iluminar a todos los pueblos de la tierra, hasta que pueda llegar el día en que las tinieblas del entendimiento y de los corazones sean inundadas y desbordadas por la diáfana claridad del amor del Señor derramado con prodigalidad desde la eternidad a nuestro tiempo.
Al concluir el tiempo de Navidad, en la Fiesta del Bautismo del Señor, la Palabra hecha carne, es reconocida por el Padre, confirmada en su misión por el Espíritu Santo, y declarada amada, aquí en la carne, como es amada desde toda la eternidad en el seno de la Divinidad; en este hombre que emerge de las aguas bautismales del Jordán, se ha cumplido de manera inédita y definitiva, la promesa que vislumbraron estremecidos de temeroso gozo los profetas del Antiguo Testamento.
Pero esta pedagogía de la Identidad del Señor Jesús, y de la revelación del plan salvador diseñado desde el principio del tiempo, no concluye en la Fiesta del Bautismo, se prolonga en los primeros domingos del año en el ciclo litúrgico que estamos comenzando.
El domingo segundo del tiempo durante el año, Juan el Bautista alza su voz para volver a sorprender a sus Discípulos y a nosotros: este Jesús, en quien el Padre eterno ha depositado y declarado su complecencia, este Jesús, anunciado como Hijo de Dios, el Mesís esperado por los tiempos, del cual el propio Juan se considera el más pequeño de sus servidores, pese a ser su precursor, ha escogido un camino inaudito para realizar su misión: es el Cordero, pero no cualquiera de los destinados a los sacrificios, es el que carga sobre sus hombros los pecados del mundo, es el Cordero de la Expiación: de esa manera habrá de realizar su oficio mesiánico: siendo inmolado sobre el altar de la cruz, sacrificado para lavar, de una vez y para siempre, el pecado y la rebeldía del hombre, con su sangre; al mismo tiempo que es ofrecido como acción de gracias, y entregado como alimento, como viático de los que seguimos peregrinando, para que podamos entrar a la plenitud de la comunión para la que hemos sido creados.
En este tercer domingo, volvemos sobre la huella del profeta Isaías, en el anuncio mesiánico que profiere en el Libro del Emmanú-El: El Pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz (Is 9, 1), este anuncio, que aparece como un pórtico para proclamar en el v 5 lo que los cristianos reconocemos como la buena noticia de la Encarnación: “Un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado”, ahora se presenta como la introducción del ministerio público de Jesús: los confines de Neftalí y de Zabulón, la Galilea, mirada con recelo por los judíos por su apartura al comercio con los los paganos de los pueblos circundantes, será la primera y gozosa testigo de la Palabra que se resiste a quedarse quieta, de la Palabra, que ha decidido salir a iluminar con su presencia las penumbras de los tiempos; que asume ahora, en la madurez de su estancia en la tierra, aquel ímpetu de amor irrefrenable que la ha hecho descender del cielo “por nosotros los hombres y por causa de nuestra salvación”, y se pone en marcha para invitarnos a la conversión, para inaugurar con su paso el Reino, que no se presenta como la promesa de una intervención futura de Dios en medio del mundo, sino como su actuar, aquí y ahora; ese actuar, que viene a poner de manifiesto su compasión, su misericordia, su querer incluirnos a todos en el plan de salvación, que nos viene a traer el consuelo de saber que en esta historia -Suya y nuestra- no vagamos solos y errantes, sino que junto a nosotros camina un pastor, que espera lo reconozcamos para conducirnos al gozo.
La Palabra se ha puesto en camino, para compartir su luz con una humanidad sedienta de sentido, sedienta de orientación, y este ponerse en marcha, es también un ponerse en búsqueda. La Palabra necesita ser divulgada; para alcanzar a iluminar, aunque sea con un tenue resplandor, las más distantes tinieblas; precisa de otros que la propaguen, que transmitan en los tonos de sus propias voces, en todas las lenguas de la tierra, y por toda la extensión del tiempo, esa Voz primera, pronunciada por el Padre, Palabra viva y creadora; balbuceada por los profetas, amanecida creatura en este mundo, al hacerse sonido en el timbre único de la voz de Jesús.
Por eso, la Palabra del Señor convoca, provoca y desafía; sale al encuentro de aquellos que como Simón, Andrés, Juan y Santiago, se dejan interpelar y se convierten a su vez en anunciadores de esta palabra salvadora, recibida, interpretada, atesorada y al mismo tiempo compartida.
Freddy Mora | Imprimir | 267