martes 16 de julio del 2024
El Diario del Maule Sur
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Hoy
Opinión 24-05-2023
Hoy: La valiosa labor del sacerdote Carlos Terán
(Manuel Quevedo Méndez)

El P. Carlos nació en Linares el 2 de octubre de 1952. Forma parte de una familia de 9 hijos. Desde muy pequeño nació en él la vocación sacerdotal. Fue ordenado sacerdote el 24 de octubre de 1981.
Sus primeros años de vida sacerdotal los ejerció como misionero en Ruanda (África), donde vivió momentos duros que marcaron su vida, pero que también fortalecieron su vocación cristiana.
De regreso en Chile formó distintos grupos pastorales, como el voluntariado “Giuliano Berizzi”, con niños, jóvenes y adultos que viven intensamente el amor de Dios con gran espíritu de servicio, compartiendo con sus pares y toda la comunidad salesiana.
A juicio de la comunidad educativa, el P. Carlos fue un pilar fundamental en el proyecto de reconstrucción del templo de la parroquia, destruido por el terremoto de 2010.
"Ser misionero es entregar la vida sin esperar nada a cambio"
Tras más de dos décadas en Ruanda, el sacerdote Carlos Terán, salesiano, conoce de cerca la hambruna, los desastres de la guerra y sus campos de refugiados. También sabe de la esperanza de su gente y de la alegría de servir en el continente donde la pobreza muestra su cara más dura. "Creo que quien no tiene nada es mucho más libre para sonreír que alguien que vive en función del dinero", afirma el misionero.
El Padre Terán, como misionero en Ruanda por 21 años.
"Lo primero que me llamó la atención de África fue la pobreza. Pero no como la conocemos en Chile. Allá la pobreza era extrema, con gente que moría de hambre todos los días y donde los más afortunados comían una vez al día. Ver a los niños descalzos o totalmente desnutridos, es algo que me golpeó de entrada", relata el P. Carlos Terán, quien hoy continúa su labor sacerdotal, como párroco, en la parroquia María Auxiliadora de Linares, ciudad que lo acogió tras pasar 21 años sirviendo en Ruanda.
"Un misionero no sólo lleva la palabra de Dios y se ocupa de robustecer la fe. Ante todo, se ocupa de la dimensión humana de la comunidad en la que se integra. Por eso las primeras tareas fueron para satisfacer las necesidades básicas de las personas. Crear comedores para alimentar a los niños, conseguir doctores y entregar capacitación en tareas agrícolas y de construcción eran parte de nuestro diario vivir. Evangelizar educando, como decimos los salesianos", recuerda sobre sus primeros años.
Pese a tener un territorio menor a la Región del Maule, Ruanda es uno de los lugares más densamente poblados del planeta, con casi 12 millones de habitantes. En 1990 una guerra civil se llevó cerca de un millón de vidas y acrecentó los problemas de hambruna y salud.
"Mis primeros ocho años fueron de trabajo muy intenso, guardo un recuerdo hermoso de ellos. Pero cuando llegó la guerra se vivió un verdadero genocidio. En tres meses murieron 162 sacerdotes y la sociedad entera era un baño de sangre. Viví 4 meses en un campo de refugiados al norte de Burundi, donde hubo casi 6 mil personas. Teníamos que cocinar lo poco que había, conseguir alimentos cuando comenzó a llegar ayuda humanitaria, cuidar enfermos junto a los profesionales de la organización ‘Médicos sin Fronteras’, enterrar personas fallecidas. Lamentablemente, terminada la guerra siguieron las venganzas, por la lucha de poder de unos pocos; murieron cientos de miles de personas", recuerda con emoción el sacerdote.
Convencido que la labor del misionero es única e irremplazable, el padre Terán destaca el trabajo de miles de hermanos que, en el anonimato, siguen entregando su vida para mejorar las condiciones de vida de sus comunidades.
"Valoro extremadamente la tarea de los misioneros de todo el mundo. Cuando uno va a servir no espera una paga de vuelta, da todo lo que tiene y eso es maravilloso. El trabajo es la principal característica de los misioneros, viven cerca de la gente porque trabajan y se sacrifican por la comunidad. Son personas que evangelizan ante todo con su ejemplo de vida, en el anonimato absoluto y muchas veces incomunicados en poblados perdidos".
La misma violencia contra la que luchó por dos décadas en Ruanda lo obligó a salir del país el 2002, en medio de un nuevo estallido de violencia que le costó la vida a un joven misionero de su comunidad. "Cuando me vi rodeado de guardias, me di cuenta que debía partir".
Pese a las dificultades, el padre Carlos alberga la certeza de que los momentos gratificantes superan con distancia los instantes de desesperanza. "Me quedo con la sencillez que me enseñaron los africanos. No complicarse ni perder jamás las ganas de reír. Si te invitan a la casa y hay poca comida, se comparte y se disfruta. Si no hay donde sentarse, tampoco es problema. Creo que el pobre es mucho más libre de sonreír que alguien que vive en función del dinero. A veces hay gente que tiene problemas y piensa que son lo más terrible del mundo y hay tanta gente con problemas gigantes que uno no imagina. Es necesario hacer el ejercicio de ponernos por un segundo en el lugar del otro”.
Freddy Mora | Imprimir | 771