Sunday 11 de October del 2026
El Diario del Maule Sur
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Opinión 12-09-2026
La ciencia no piensa
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Jaime González Sanhueza, periodista

“La ciencia no piensa”.
Es una frase compleja, provocativa, casi una herejía moderna.
La formuló el filósofo alemán Martin Heidegger (1889-1976) en sus lecciones de 1951-1952 en la Universidad de Friburgo, reunidas después en ¿Qué significa pensar?, publicado en 1954. Más de setenta años después, todavía incomoda.
Pero Heidegger no quiso decir que los científicos fueran incapaces de pensar. Para acercarnos a su sentido podríamos agregar una palabra que no pertenece a la cita original: la ciencia no piensa filosóficamente.
Para Heidegger existe una diferencia entre pensar y calcular. Calcular no significa solamente resolver ecuaciones. También calculamos cuando medimos, clasificamos, establecemos relaciones, anticipamos resultados y construimos modelos.
La ciencia hace todo eso extraordinariamente bien.
Pensar filosóficamente supone otro movimiento: interrogar aquello que normalmente damos por supuesto.
La física puede medir el tiempo y describir su relación con el espacio. La filosofía todavía pregunta: ¿qué es el tiempo?
La ciencia, para conocer, necesita delimitar una parte de la realidad. Ese recorte es precisamente su fuerza. Pero todo recorte establece también una frontera.
El físico y filósofo argentino Gastón Giribet volvió sobre esta sentencia en 2022, en su artículo Acerca de la frase de Heidegger “La ciencia no piensa”, publicado en la Revista de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid. Su lectura resulta particularmente valiosa porque proviene desde el interior de la propia física. Giribet también ha advertido sobre cierta actitud peyorativa que aparece cuando una pregunta alcanza determinado límite y alguien responde: “ah, eso es filosofía”.
Pero que una pregunta se vuelva filosófica no significa que haya perdido valor.
La filosofía no reemplaza una ecuación ni un experimento. Interroga los conceptos, los supuestos y los límites que la ciencia necesita para funcionar. La ciencia recorta. La filosofía intenta pensar también lo que quedó fuera.
En 1714, el filósofo y matemático alemán Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716) formuló una pregunta radical: ¿por qué hay algo en vez de nada? Podemos avanzar: ¿por qué esto y no otra cosa?
Sabemos, por ejemplo, que en el centro de nuestra galaxia existe un agujero negro supermasivo, Sagitario A*. La ciencia puede observar sus efectos, estimar su masa y estudiar cómo se comporta la materia a su alrededor.
Pero todavía podemos formular otra pregunta: ¿por qué hay agujeros negros?
La física puede explicar cómo se forman. La pregunta filosófica puede ir un paso más atrás: ¿por qué existe una realidad cuyas leyes permiten que puedan formarse?
Lo mismo ocurre con nuestra atmósfera. Podemos estudiar su composición y reconstruir su evolución. Pero podemos preguntar algo diferente: ¿por qué esta configuración de la naturaleza y no otra? ¿Es necesaria o contingente, es decir, podría haber sido distinta?
Y todavía podemos formular la pregunta más incómoda: ¿por qué existen estas leyes de la naturaleza?
Preguntar quién las determinó introduce ya otra posibilidad, la de un fundamento o diseñador, y nos desplaza de la física hacia la metafísica y la teología. La ciencia, por sí sola, no autoriza esa conclusión. Pero tampoco vuelve ilegítima la pregunta.
Esta discusión se relaciona con una hipótesis que desarrollé recientemente en La ciencia platónica, trabajo que postulé a la revista académica Petróglifos. Allí propongo que la ciencia conserva todavía un impulso platónico.
No porque crea literalmente en el mundo de las Ideas de Platón. Frente a una realidad cambiante, la ciencia busca aquello que permanece: leyes, constantes, regularidades y estructuras matemáticas.
Platón enfrentó hace más de dos mil años una dificultad semejante: si todo cambia, ¿cómo podemos conocer algo?
La ciencia moderna tomó otro camino: observación, experimentación y contrastación. Pero cuando alcanza sus bordes reaparecen preguntas que no caben cómodamente dentro de una disciplina.
La ciencia puede responder con enorme honestidad: no sabemos.
Pero podemos seguir preguntando. Y allí vuelve la filosofía.
Quizás por eso la frase de Heidegger mantiene su vigencia. “La ciencia no piensa” no significa que la ciencia piense poco. Significa, dicho en términos contemporáneos, que la ciencia no piensa filosóficamente.
Porque medir, calcular, explicar y predecir son formas extraordinarias de conocer. Pero no agotan todo lo que significa pensar.
Freddy Mora | Imprimir | 1582