Monday 10 de August del 2026
El Diario del Maule Sur
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Opinión 02-08-2026
La Odisea, entre la Memoria y el Olvido
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Fernando Freire González, Licenciado en Ciencias Jurídicas por la Universidad Adolfo Ibáñez. Ha trabajado temas de derecho, filosofía y cultura contemporánea.


Desde los albores de la humanidad la pregunta por la identidad es, quizá, una de las más inquietantes que se ha hecho el ser humano ¿Es el paso del tiempo o el constante cambio que vivimos en nuestras vidas el que nos hace irreconocibles de lo que alguna vez fuimos? ¿Seguimos siendo los mismos luego de tantos júbilos, desdichas y todos los estremecimientos del corazón? ¿O es que acaso lo que llamamos memoria mantiene un hilo de continuidad entre las experiencias del pasado y del presente para seguir siendo quiénes somos?
Ante tal interrogante, Heráclito planteó, en uno de sus fragmentos conservados por Rodolfo Mondolfo, “en los mismos ríos ingresamos y no ingresamos, estamos y no estamos”, para referirse a que, así como el agua fluye y se renueva, el tiempo corre y su mero transcurso provoca en nosotros también una transformación a cada instante, convirtiendo cada encuentro en una unión entre dos corrientes que nunca dejarán de moverse. El paso del tiempo nos transforma tan rápido que no queda una esencia fija; por eso, como explica el filósofo español Francisco Navarro Prieto, el bañista de hoy no es el mismo que se bañó ayer y no será el que se bañará mañana, expresión que posteriormente se resumiría en la frase “Nadie se baña dos veces en el mismo río”.
Vivir es un viaje marcado por cambios constantes y, desde esta perspectiva, el texto homérico de La Odisea está conducido por la pregunta sobre el despojo de la identidad. El regreso de Odiseo tras la guerra de Troya plantea si era el mismo hombre que partió veinte años atrás de Ítaca. Como sostiene Navarro Prieto, el paso de los años y las experiencias fantásticas de su viaje hacen pensar que Odiseo nunca pudo pisar su reino, ya que los cambios que experimentó a lo largo de su viaje hicieron que el pisarlo reencontrara dos cosas que ya no eran las mismas desde que se separaron.
El regreso del hombre cuyo viaje ha sido arduo y largo es solo posible si tanto el héroe como su destino preservan su identidad y estabilidad, garantizando una continuidad sin la cual volver perdería todo significado y sentido. La resistencia a dicha amenaza, por un lado, lo demuestra el ejercicio de la memoria, esa facultad que permite sufrir el paso del tiempo sin disolverse y extraviar la raíz de lo que somos. Pero por el otro, frente a este esfuerzo, se encuentra el peligro del olvido como amenaza definitiva de disolución, pues el perder la memoria de lo que somos provoca que nos desvanezcamos hasta convertirnos en nadie.
La tensión constante entre estas fuerzas se aprecia con claridad en el famoso truco que usa Odiseo para engañar al cíclope Polifemo cuando este último le pregunta su nombre, respondiéndole: “mi nombre es Nadie”. Como muestra la interpretación de Navarro Prieto, es el punto más extremo en que el poema representa esa amenaza a la identidad del héroe pues, a lo largo de su viaje, Odiseo enfrenta el riesgo del olvido de sí; el convertirse en Nadie y perder todo rastro del sentido de su viaje y de lo que alguna vez fue.
Allí también se refleja la negativa de Penélope para tomar un nuevo marido, quien teje y desteje para transformar la espera en un acto de resistencia ante el paso del tiempo, evitando el olvido de su propia identidad para cuando, al regresar Odiseo, ambos sigan siendo quienes eran. De la misma forma, su hijo, Telémaco, quien mantiene viva la memoria de su padre en Ítaca, emprendiendo la búsqueda de noticias que demuestren que Odiseo está vivo, resistiéndose a que este desaparezca de la memoria colectiva del reino.
En el mismo sentido, el episodio de Calipso es fundamental porque ella, siendo “la que esconde”, intenta ocultar ante los ojos de Odiseo el propósito último de su existencia: el regreso a Ítaca, la unión con Penélope, con Telémaco y, en definitiva, quien realmente es. La ninfa actúa como una figura que pretende disolver la identidad del héroe al buscar que este extravíe la memoria de su hogar. Encarna, además, la tentación más sutil del olvido, esto es, la promesa de la vida eterna junto a ella, que exige renunciar a la memoria y al nombre que sostienen su identidad. Pero es Odiseo quien abandona la isla de Ogigia y elige el retorno a Ítaca, siendo fiel a la memoria que preserva su identidad y haciendo posible que, pese al eterno devenir del tiempo, el viajero que sobrevivió a los diversos accidentes, de algún modo, sigue siendo el que hace veinte años partió.
De todo eso y más se trata La Odisea (2026), de Christopher Nolan, fenómeno cinematográfico que revive no solo una de las historias más fascinantes e importantes de la cultura occidental, sino que también despierta el interés por una obra de hace casi tres mil años que plantea grandes interrogantes sobre la existencia y la condición humana. Su fuerza no radica en tratar de responder esas preguntas, sino en representar las preocupaciones filosóficas que también los pensadores griegos tenían sobre la identidad y el cambio. La Odisea no solo es un viaje fantástico, sino que también expone aquella tensión permanente entre el devenir del tiempo y la conservación de la identidad.
La tesis heraclítea tiene un punto en decirnos que el tiempo inevitablemente arrebata versiones pasadas de nosotros mismos. Y es que, como plantea Navarro Prieto, vivir es un viaje en el que siempre corremos el riesgo de olvidar quiénes somos. Son las heridas de la infancia, las pérdidas, los conflictos, las promesas incumplidas, los problemas de amor, los engaños e incluso la agonía misma de vivir los que parecen alejarnos de lo que alguna vez fuimos. Sin embargo, como Odiseo, no podemos evitar enfrentarnos a dichos monstruos, navegar por mares intransitados o descender a lugares donde parece extraviarse toda luz de sentido.
La Odisea nos recuerda que la identidad no consiste en permanecer idénticos, sino que conservar aquello que orienta nuestro viaje, incluso cuando todo lo demás ha cambiado. Nuestra identidad se mantiene firme al flujo disolvente del tiempo gracias a la memoria, pero no para vivir del pasado sacrificando el presente, sino para avanzar sin perder aquello que hace que el viaje siga siendo nuestro.
Freddy Mora | Imprimir | 423