Sunday 11 de October del 2026
El Diario del Maule Sur
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Hoy
Nacional 15-08-2026
Libros, música y la roca de Sísifo
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Tily Vergara

Las mañanas heladas tienen cierto encanto, basta con mirar la niebla tras los cristales y los árboles disimulando su desnudez con su envolvente gasa transparente. El frío se pasea en la mañana como amo y señor. Junto a la estufa, me reencuentro con la tibieza de recuerdos y tejidos.
No me importa dejar de lado la rutina hogareña de asear, cocinar y ordenar. Nadie me obliga, por lo que puedo dedicarme a la nutritiva ociosidad de poder pensar, leer, opinar y escribir.
Es delicioso tener algún tiempo para esto y desmenuzar del pensamiento cosas con cierto significado que dejen un espacio para pensar, hacer girar la mente en lo profundo de las cavilaciones. Es la ventaja de la senectud: olvidar los achaques y dedicarse al agrado de pensar, escuchando a Mozart que pone su cuota de amena tristeza, con su “Lacrimosa” que, a la vez de conmoverme, me inspira.
Me encontré con un viejo libro de poemas y no puedo dejar de paladear ciertos versos de un poeta argentino, Francisco Bernández, de su poema “Estar enamorado”.
“Estar enamorado, amigos, es encontrar el nombre justo de la vida. Es recobrar la llave oculta que abre la cárcel en que el ama está cautiva. Es comprender perfectamente, que no hay fronteras entre el sueño y la vigilia. Es escuchar a media noche la vagabunda confesión de la llovizna. Es compartir la luz del mundo y al mismo tiempo compartir su noche oscura. Es asombrarse y alegrarse de que la luna todavía sea luna… Es gobernar la luz del fuego y al mismo tiempo ser esclavo de la llama. Estar enamorado, amigos, es descubrir donde se juntan cuerpo y alma.”
Más de alguien habrá leído esos emotivos y profundos versos, e identificarse al estar enamorado(a).
Si supiera, estimado lector, cómo se me encumbra el alma al escuchar el Requiem de Mozart, puede ser la despedida de alguien que se va para siempre, pero paradojalmente me remueve el espíritu de tal manera que me hace ser más joven, más llena de energía. Es una mezcla de ensoñación divina, el misterio de las cosas que no se pueden explicar en simples palabras porque es tal la envergadura de la emoción; ese coro, esa armonía con el fondo del sonoro compás del destino, la pausa de lo que ha terminado para volver a empezar, como el ciclo de la naturaleza. Imagino a Mozart, componiendo, muriendo, y a la vez, renaciendo para la inmortalidad, tornándose en un ser divino.
Ahí nace la certeza que “Dios y el universo son exactamente lo mismo” como lo sentenció Spinoza. No puede separarse lo divino de lo material porque nuestro origen terrenal tiene inspiración celestial, se confirma, además, por toda la belleza reflejada en la pintura, la música, la literatura. El hombre necesita siempre ese aliento cósmico para inspirarse en tantas maravillas, por lo que me desconsuela el vértigo de la tecnología que, poco a poco, va despojando el desarrollo natural de la información. Todo está tan a la mano que nos perdemos de la secuencia de lo natural, de lo que cuesta conseguir algo, del sacrificio para llegar a una respuesta con el debido análisis en complicidad con la imaginación. Se hace escaso poder crear algo que dependa de lo que imaginamos porque todo está hecho y así perdemos, paulatinamente la necesidad de diseñar, soñar y divagar.
Se aleja la curiosidad por ver el contenido de ese viejo libro que duerme en algún escaparate. Afortunadamente, puedo acceder a embriagarme con la lectura de esos textos que huelen a olvido y que contienen en sus páginas el tesoro de temas por descubrir o simplemente, argumentos para entretenerse y viajar hacia países que tal vez nunca visitaremos, pero nadie puede privarnos de caminar por ciudades, conocer gente, enterarnos de sus costumbres, aficiones y placeres que siempre proporcionan la complicidad con nuestra propia existencia. Todo eso puede aparecer en los múltiples videos que circulan en las redes, pero nunca será lo mismo imaginar que ver en una pantalla. También, de vez en cuando conviene consultar a los filósofos que duermen apaciblemente entre las páginas de los viejos libros.
Ignoraba que Albert Camus, además de su obra La Peste., como buen pensador, escribió mucho más. Nos presenta, de la mitología griega a Sísifo, quien castigado por los dioses fue obligado a empujar una roca gigante hasta la cima de una montaña. Justo cuando llega a la cumbre, cansadísimo por la gran carga, la roca resbala y cae de nuevo hasta el fondo del valle.
Aparentemente, así sucede en la vida.. El esfuerzo, hay veces que no sirve de nada y hay que empujar nuevamente la roca hasta la cima. La lectura de esta historia nos aclara que nosotros somos Sísifo, la roca es pagar las deudas, lidiar con la ansiedad, superar una ruptura, trabajar en algo que no agrada. Empujas la roca toda la semana y el lunes vuelve a caer, pero Camus nos pide que miremos a Sísifo en un momento clave, cuando baja de la montaña para buscar su roca, en ese instante, cuando camina hacia su destino es el momento de comprender que vale la pena vivir a pesar de la adversidad y aunque se repita lo mismo, en el camino se aprende disfrutando de los buenos momentos y soportando el infortunio.
Uno podría pasar la vida compartiendo tantas cosas interesantes que conmueven como una melodía, un poema o la lectura de alguna sentencia filosófica, cuya esencia nos golpea con la suavidad de la nostalgia y la aspereza de la realidad. Hay escritos y semblanzas que no se pueden deja pasar, que nos hacen meditar, sin perjuicio de encontrarles razón o no al contenido. Lo importante es que nos hace pensar.
“Somos el que fuimos cuando la memoria nos reclama, somos el que somos cuando el presente nos despierta y somos, quizás con mayor fuerza, el que todavía no existe, pero cuya sombra guía nuestros pasos. La tragedia y la belleza consiste en que nunca coincidimos con ninguno de los tres. Vivimos llegando a nosotros mismos y cuando creemos haber llegado, ya somos otros. Esa es la silenciosa condición de existir.” (Fernando Pessoa, escritor portugués).


Freddy Mora | Imprimir | 240