martes 27 de julio del 2021
El Diario del Maule Sur
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Opinión 21-07-2021
Por Facebook peregrinan las abuelas



Isabel Fonseca Alday tiene 83 años y había estado yendo a la Fiesta de La Tirana, sin falta, desde que tenía un año y vivía en la Salitrera de Peña Chica. En las primeras peregrinaciones de su niñez, su familia viajaba en carreta a través del desierto para llegar al pueblo, pero cuando sus padres tenían un poco de monedas más para gastar, se daban el peligroso lujo de transportarse de pie dentro de un camión que avanzaba repleto de apretados feligreses iquiqueños que venían con el cuerpo batido de tanto viaje por sobre la gravilla con la que estaba hecho el camino. Viajaban horas y los pasajeros debían andar siempre atentos por si, en cualquier momento, la lona que sostenía el equipaje sobre sus cabezas decidía rendirse frente al peso y romperse.
Pero el viaje no era lo más difícil para Isabel y los otros peregrinos de antaño, lo más difícil era la llegada. En La Tirana no había casas, ni calles, ni muchos menos agua ni luz, en resumen, no era sino otra cosa que un montón de arena caliente con una iglesia en medio. Los peregrinos hacían y deshacían el pueblo los meses de julio. Llegaban con sus frazadas, sus lámparas de carburo, hechas con cordeles y tarros de cholgas, y sus fogatas para capear el frío abrasador de las noches del desierto y se la pasaban bailándole a la Virgen disfrazados de diablos, cantando La Carmelita, comiendo sopaipillas y tomando chocolate hasta la noche, en la que algunas familias, como la de Isabel, se iban a dormir dentro de la iglesia junto a la Carmelita, la Virgen del Carmen.
Pasaron los años, Isabel creció, tuvo un hijo que llamó Mario, después se casó con René quien tenía dos más, el Ademir y la Coki, y con él tuvo tres hijos más: el Pelé, la Vero y la Jimena. Los nueve viajaban todos los años a la Fiesta de La Tirana y, aunque, ya no iba en carreta sino en auto y ya no dormía en la iglesia, sino en la casa de una sobrina, Isabel sentía la misma fe que en su niñez.
Y esa fe era tan intensa que lo primero que hizo cuando su hijastro Ademir tuvo un accidente en la ciudad de Santiago fue encargarle su salud a la Virgen del Carmen. A cambio de eso ella cumpliría tres mandas: vestir dos años enteros de color café, dejar que se consumiera un cirio en sus manos, e ir de rodillas desde la entrada del pueblo hasta la iglesia. Y así lo hizo el 16 de julio del 1980, acompañada de otros tantos que se arrastraban desnudos y sangrantes por la arena ardiente para pagar los milagros a la Virgen, anduvo kilómetros de rodillas hasta llegar a la iglesia y se quemó las manos con la cera de un cirio; Isabel hizo su parte y la Carmelita también, Ademir se recuperó sin secuelas del accidente.
Fue así como se mantuvo y creció su fe, milagro tras milagro. La Virgen cumplía y le daba cada año más razones a Isabel para que nunca, a pesar de la vejez y el cansancio, dejara de visitarla en su fiesta.
Por eso es que no podía entender, por eso es que le dolió tanto que lloró más que condenada, porque claro, para Isabel era una condena terrible, injusta, horrorosa, que le cortaran 83 años de tradición en un instante. Le habían advertido desde antes, pero ella no había querido creer lo que en ese momento ya era noticia: Se suspendía La Fiesta de La Tirana a causa de la pandemia.
Los primeros días luego de que se enteró de la noticia los pasó con mucha pena, rezando y pidiéndole perdón a la virgen porque faltaría, por primera vez en 83 años, a su encuentro sagrado. Fue el diario La Estrella de Iquique el que le dio un bálsamo a su tristeza anunciando que la página de Facebook, Santuario de Nuestra Señora Virgen de la Tirana compartiría la misa de la víspera en vivo.
Isabel le agradeció a Dios que su nieta le hubiera enseñado hace algunos años a usar Facebook para comunicarse con sus sobrinos que vivían en el extranjero y ella había aprendido a la perfección. Su computador era muy viejo, no tenía ninguna tecla, pero desde el inicio de la pandemia lo usaba tanto que había aprendido las posiciones de las letras de memoria y escribía aunque no estuvieran.
Esa noche llegó, era 15 de julio del año 2020 e Isabel estaba sola, sentada viendo la misa de la víspera a través de una pantalla. Siguió toda la ceremonia y cuando terminó se puso a rezar, como lo había hecho cada vez que acababa esa misa toda su vida, pero esta vez no vio a la virgen bajar de su altar, no vio a los diablos bailar, no tomó el chocolate, no comió sopaipillas, no sintió el silencio del desierto mezclarse con los cantos de los fieles, no, esa noche no. Esa noche apagó el computador y, a solas con sus recuerdos, se fue a dormir.


Ítalo Merino
Freddy Mora | Imprimir | 190
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