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Tuesday 14 de July del 2026
Opinión 05-07-2026
Siempre al acecho

Jorge Alejandro Andrade Méndez
(Poeta Cañela)
El hombre que ara la tierra sólo se preocupa de que el surco quede bien hecho.
No necesita mirar hacia atrás para saber cómo va quedando.
Lleva el sudor de los caballos en la nariz y la mirada fija en el andar de las bestias.
Cada paso, cada silbido y cada movimiento del arado forman parte de una rutina aprendida con los años.
Sabe que detrás de él vienen pequeñas aves, tanto de corral como silvestres, acompañadas de sus polluelos.
Cada madre marca la diferencia a su manera.
La gallina llama a sus crías con un cacareo inconfundible.
La pava las reúne bajo sus alas.
La pata las guía con calma.
Pero todas comparten el mismo instinto: proteger a sus hijos.
Sean cuales sean, siempre hay dos aves al acecho.
En las ramas más altas de los árboles permanecen inmóviles, observándolo todo.
Esperan un descuido de las madres para lanzarse sobre un polluelo.
Pero aquel día el interés era otro.
El peuco y el tiuque guardaban un extraño silencio.
Algo habían descubierto.
Al remover la tierra aparecen ratones, insectos, pequeñas culebras, gazapos de conejo y otros animales que permanecían ocultos entre las champas.
Las codornices levantan vuelo en bandada.
Las perdices escapan con un fuerte aleteo.
Las aves de corral reúnen rápidamente a sus crías bajo sus alas.
El instinto de todas es el mismo: proteger la camada.
El arador no presta atención a lo que sucede detrás de él.
Ya conoce los árboles donde suelen posarse el peuco y el tiuque.
Y si alguno se acerca demasiado a las aves de corral, no duda en lanzarles un buen terrón de tierra para espantarlos.
Pero el hambre puede más que el miedo.
Y ambos aceptan el riesgo.
Desde lo alto parecen haber encontrado su presa.
Unos pequeños polluelos han quedado rezagados.
El peuco abre primero sus alas.
El tiuque lo sigue.
Aunque vuelan por separado, entre ellos parece existir una sola ley:
El primero que llega, gana.
Describen amplios círculos sobre el potrero.
Esperan el momento exacto.
Luego descienden en una picada veloz.
Las garras se abren antes de tocar el suelo.
Poco importa el aterrizaje cuando el objetivo está tan cerca.
Pero la tierra siempre guarda sorpresas.
Mientras ambos planeaban el ataque, los polluelos ya estaban protegidos bajo las alas de una madre vigilante.
Y, en realidad, nunca habían sido el verdadero objetivo.
Dos ratones corrían sigilosamente entre los terrones recién dados vuelta por el arado.
El poco movimiento de la hierba bastó para delatarlos.
¡Qué vista la del peuco!
¡Qué precisión la del tiuque!
En una bajada rasante, cada uno levantó vuelo llevando un ratón firmemente sujeto entre sus garras.
Ya tenían asegurada la colación del día.
Los polluelos continuaron siguiendo a sus madres.
Las aves volvieron a buscar alimento entre los surcos.
Y el arador, entre rancheras, largos silbidos y el acompasado andar de los caballos, terminó una melga más sin imaginar todo cuanto había ocurrido a sus espaldas.
Porque mientras el hombre abría la tierra para sembrar una nueva cosecha, la naturaleza también seguía escribiendo su propia historia.
(Poeta Cañela)
El hombre que ara la tierra sólo se preocupa de que el surco quede bien hecho.
No necesita mirar hacia atrás para saber cómo va quedando.
Lleva el sudor de los caballos en la nariz y la mirada fija en el andar de las bestias.
Cada paso, cada silbido y cada movimiento del arado forman parte de una rutina aprendida con los años.
Sabe que detrás de él vienen pequeñas aves, tanto de corral como silvestres, acompañadas de sus polluelos.
Cada madre marca la diferencia a su manera.
La gallina llama a sus crías con un cacareo inconfundible.
La pava las reúne bajo sus alas.
La pata las guía con calma.
Pero todas comparten el mismo instinto: proteger a sus hijos.
Sean cuales sean, siempre hay dos aves al acecho.
En las ramas más altas de los árboles permanecen inmóviles, observándolo todo.
Esperan un descuido de las madres para lanzarse sobre un polluelo.
Pero aquel día el interés era otro.
El peuco y el tiuque guardaban un extraño silencio.
Algo habían descubierto.
Al remover la tierra aparecen ratones, insectos, pequeñas culebras, gazapos de conejo y otros animales que permanecían ocultos entre las champas.
Las codornices levantan vuelo en bandada.
Las perdices escapan con un fuerte aleteo.
Las aves de corral reúnen rápidamente a sus crías bajo sus alas.
El instinto de todas es el mismo: proteger la camada.
El arador no presta atención a lo que sucede detrás de él.
Ya conoce los árboles donde suelen posarse el peuco y el tiuque.
Y si alguno se acerca demasiado a las aves de corral, no duda en lanzarles un buen terrón de tierra para espantarlos.
Pero el hambre puede más que el miedo.
Y ambos aceptan el riesgo.
Desde lo alto parecen haber encontrado su presa.
Unos pequeños polluelos han quedado rezagados.
El peuco abre primero sus alas.
El tiuque lo sigue.
Aunque vuelan por separado, entre ellos parece existir una sola ley:
El primero que llega, gana.
Describen amplios círculos sobre el potrero.
Esperan el momento exacto.
Luego descienden en una picada veloz.
Las garras se abren antes de tocar el suelo.
Poco importa el aterrizaje cuando el objetivo está tan cerca.
Pero la tierra siempre guarda sorpresas.
Mientras ambos planeaban el ataque, los polluelos ya estaban protegidos bajo las alas de una madre vigilante.
Y, en realidad, nunca habían sido el verdadero objetivo.
Dos ratones corrían sigilosamente entre los terrones recién dados vuelta por el arado.
El poco movimiento de la hierba bastó para delatarlos.
¡Qué vista la del peuco!
¡Qué precisión la del tiuque!
En una bajada rasante, cada uno levantó vuelo llevando un ratón firmemente sujeto entre sus garras.
Ya tenían asegurada la colación del día.
Los polluelos continuaron siguiendo a sus madres.
Las aves volvieron a buscar alimento entre los surcos.
Y el arador, entre rancheras, largos silbidos y el acompasado andar de los caballos, terminó una melga más sin imaginar todo cuanto había ocurrido a sus espaldas.
Porque mientras el hombre abría la tierra para sembrar una nueva cosecha, la naturaleza también seguía escribiendo su propia historia.
Freddy Mora | Imprimir | 182



