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Wednesday 13 de May del 2026
Opinión 05-05-2026
UN ENCUENTRO EN LA PALABRA Taller Literario de la “AGRUPACIÓN CULTURAL GERMÁN MOURGUES BERNARD”

CORRESPONDENCIA
Antonia Verónica de María
Mi querida Pepona;
Tiempos grises, brumosos, lánguidos y efervescentes parecen consumirnos. Desde lejos, los gritos de una guerra nuclear, los aullidos de las confusiones de identidad, los susurros de intereses desmedidos, codiciosos, poder, riqueza, las instrumentalizaciones de las necesidades humanas, la humanización de los animales, la bestialización de los humanos; todos estos elementos se entrecruzan con intereses más cercanos, más domésticos, envidias entre amigos, competencias entre colegas, enojos entre familias, todo esto se asoma en nuestra cotidianidad más que como amenaza, como un monstruo silencioso y carroñero de almas. Hay épocas como esta, en que el mundo parece cubrirse de un manto gris, viscoso y persistente, que lo hace menos habitable. Y a eso se le suma la vida misma, enfermedades, precariedades, evoluciones de la pobreza, luchas, algunas risas, algunos afectos, algunos gestos de buena voluntad que pintan de colores los grises lo suficiente para que no perdamos la esperanza.
Alguien que quizá no conozcas, Joan Manuel Serrat, dijo en una canción “cuando de nada te sirve rezar, Caminante no hay camino, se hace camino al andar” y me pregunto ¿qué hace al ser humano caminar? ¿hacia dónde va? Siempre supe desde el inicio de mi pensamiento que hay algo dentro del ser humano que no es tangible, una inscripción de las reglas correctas, una especie de brújula programada que lo lleva a buscar el bien, como una huella de Dios frente a la cual el ser humano es un niño con berrinche, no entiende, no acepta la voluntad del Divino Creador y empiezan a aparecer voces que lo alejan de esa inscripción, de esas reglas. El ser humano quiere creer que no tiene límites y su esperanza es que cada día pueda elasticarlos, los negocia como mercenario, pero con su propia conciencia, hasta que los extiende tanto que se golpea el rostro con la realidad. Entonces, como los estoicos, asomarse a la verdad es una osadía, un acto heroico.
La distancia entre lo que verdaderamente soy y lo que quise ser se llama mediocridad, esa es mi verdad, por eso quiero escribir, contar cosas, como el juez penitente de Albert Camus, porque lo difícil no es resistir las grandes catástrofes, ni las pequeñas traiciones cotidianas, la envidia envuelta en cercanía, la indiferencia vestida de amor propio, la desconexión en medio de la presencia física; es inquietante ver a las personas coexistir sin realmente encontrarse entre ellas. Lo verdaderamente difícil es enfrentar la verdad; lo más vulgar, lo más mediocre, es no enfrentarse a sí mismas, no encontrarse con el yo y entonces cuando lo llegan a hacer, cuando la realidad les golpea la cara, cuando la verdad se para frente a ellas, viene la verdadera devastación.
Todo lo que anida hoy en mi cabeza, me tiene perpleja, porque sí, Pepona, desde donde yo estoy y mis sueños hay una distancia que no logro medir sin cierta melancolía. No es un fracaso postnuclear, ni una tragedia griega, ni una teleserie venezolana, pero sí una especie de desajuste, de desequilibrio que no quiero que pase inadvertido, una perplejidad que surge de la colisión entre el tiempo y la esperanza y eso me derrotó. Desde aquí, puedo decir que no hay más mañana que el presente y vivir así exige elecciones y sacrificios. Fui hija del deber hasta la inmolación, si hasta el cansancio me hizo sentir culpable. No vayas a pensar que estoy triste. La perplejidad no me lo permite. Solo puedo decir que elegí mal considerando una variable que no era mía, el tiempo. Y como el tiempo es tan inasible no puedo darme el lujo de elegir mal otra vez porque entonces me pondré en la posición de tener que pedir perdón, sobre todo a mí misma.
Cuando yo era niña, escribir era un acto casi sagrado, las esquelas “Village”, los sobres cuidadosamente elegidos, la espera misma como parte del afecto, eran los rituales. Ahora creo que había en ello una forma de resistencia, de rebeldía porque escribir era un ejercicio de verdadera sinceridad, una muestra de profundidad y de respeto por uno mismo, lo que se escribía no podía borrarse como un posteo en las redes sociales, lo que se escribía llegaba al destinatario, se desprendía del emisor, ya no era de su dominio.
La comunicación ahora es funcional, la ortografía se cubrió de tantas canas que se la considera senil Se habla mucho, pero se dice poco. Se responde rápido, pero no siempre con la verdad. Porque ahora la verdad es subjetiva, relativa, tanto que nadie se atreve a decir que es una mentira, no es bien visto, no es social ni políticamente correcto, ni siquiera cristianamente correcto. Y en medio de esa vorágine, emulando a C. S. Lewis, uno empieza a preguntarse, no sin cierto temblor, qué quedó de aquello que alguna vez creyó que sería.
Siempre he dicho que tú no pones paños fríos, pones cubos de hielo. Por eso me dices con tanta serenidad que hay que esperar la confirmación diagnóstica.
Con todas esas mediocridades contenidas sobre mis hombros, ahora estamos una junto a la otra, tú envuelta en la nieve y el frío magallánico, yo entre rezos y rabietas, a más de dos mil kilómetros de distancia y alrededor nuestro, como bufones, el miedo y el dolor, sonriendo con la burla en los ojos y en las comisuras de sus bocas grotescas; ¿frente a nosotras? la muerte y la muerte nos mira, sádica, calmada, paciente, esperando, cercana; siempre ha estado ahí ¿sabes? Siempre ha estado cerca, con esa altivez muy cercana a la prepotencia, a la soberbia, por eso no sonríe.
Estamos solas.
Por eso esta idea de escribirnos me parece tan lúcida.
Escríbeme, entonces. De lo que quieras. De lo que haya dentro de ti. Usando el lenguaje contemporáneo “De lo que te habite”.
Te ama
Tu mamá.
Freddy Mora | Imprimir | 156




