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Monday 10 de August del 2026
Opinión 14-07-2026
UN ENCUENTRO EN LA PALABRA Taller Literario de la “AGRUPACIÓN CULTURAL GERMÁN MOURGUES BERNARD”

DE LA SIERVA INÚTIL O PARÁBOLA DE LA GRANADA.
Antonia Verónica de María.
Sí, las granadas son difíciles, tremendamente difíciles. Parecen suaves y maleables, pero no te equivoques con ellas. Colgadas en su árbol, tú las ves envueltas en una cáscara dura que brilla, con colores que se parecen a la tierra, mezcla entre verdes pardos, grises pardos, rojos pardos, amarillos pardos. Y, aun así, brillan, brillan inmensamente. Tienen una corona, también parda, que apunta al suelo y que los botánicos llaman Cáliz en una parte de su estructura que no se ve, pero que sí está, y que yo asumo que es su cabeza.
Pero intenta hurgar en su corazón sin destruirla o sin esfuerzo o masticarlo para probar su dulzor sin percibir las durezas de sus semillas o la amargura de sus venas, no lo vas a lograr y lo más probable es que no persistas y decidas que no te gustan.
A veces, cuando aún están en el árbol, en un acto de caridad mesiánica o de generosidad magnánima, se abren y regalan a quienes tienen la osadía de detenerse a mirar, la profundidad intensa, brillante y roja de su mundo interior; no sucede todo el tiempo, pero si sucede es para siempre. Debes estar muy atento y mirar con los otros ojos.
Cuando mi hijo la vio, pendiente de su árbol, la tomó y dijo, “esta es para mi mamá”. Y me la trajo. Y entonces yo la dejé en el frutero, justo en medio de las mandarinas, tímidas y bailarinas, que siempre son muchas, muy anaranjadas, así como pequeñitas, como diciendo “Ay, nosotros apenas nos vemos, pero somos deliciosas, somos dulces”. Y les quitan espacio a las demás frutas, porque tú no vas a poner una sola mandarina en el frutero, tienes que poner a todo el grupo y cuando sacas una, se van moviendo todas como en una coreografía sideral, casi eterna, llenando de nuevo todo el lugar. Alrededor, unos plátanos siempre prepotentes y engreídos y unos kiwis que, siempre también, parecen tímidos y humildes, pero son ácidos, son tremendamente ácidos. Y algunos serviciales limones verde brillante, que estaban siendo rescatados del limonero atacado por la negrilla y el pulgón. Ellos se vuelven amarillos, con el paso de los días.
La granada, por su parte, como reina que es, lo digo por su corona, se impone con esa majestad e indiferencia de las personas difíciles, habitan dentro de ella millones de rubíes que caminan, que se mueven y que, sin embargo, están debidamente compartimentados en un orden que parece planilla de Excel. Tienes razón, parecen planillas de Excel. Con humildad real, verdadera, sin aparentar, como si fueran abalorios.
Allí puse la granada. En medio del frutero. Iba a esperar para comérmela. Porque, como ella, yo también soy difícil. Iba a ser en un momento especial que no estaba definido pero que llegaría. Esperaría. Te juro que esperaría ese momento.
El frutero se fue vaciando, el séquito fue desapareciendo, primero los plátanos, luego los kiwis. A veces eran kiwis, plátanos y mandarinas. Y diariamente, los limones.
Y después, yo no me di cuenta, el tiempo fue pasando, pasando, pasando. Yo la miraba todos los días, ahí en medio del frutero, a veces sola, a veces acompañada. Siempre vi su cáscara turgente. Su corona intacta. A veces le hablaba y a veces creo que me respondía, que me contaba de soledades tardías, de frustraciones concretas, de gente que vino y se fue, de incomprensiones y luchas y abandono y traiciones, creo que me hablaba de la vida. Y yo, admirada de su realeza, la dejaba para después, para mañana, para ese mañana especial que nunca llegaba.
Y de repente, de un momento a otro, mi bella granada, la que alguna vez estuvo colgando de un árbol, la que tenía corona sobre una cabeza indefinible, la que cobijaba rubíes... ¡tenía pelos! ¡Sí! pelos grises y blancos.
La humedad y el frío me dices tú.
Entonces yo pensé “tal vez rescate sus rubíes” y ceremoniosamente, tomé el cuchillo como un bisturí, con delicadeza, buscando su corazón, buscando su mente. Pero no sucedió. No. Solo era un montón de semillas húmedas del color de la tierra, en perfecta formación, aun en sus celdas Excel, pero con ese color de la descomposición. Y me dolió. Me dolió no habérmela comido a tiempo. Me dolió haber esperado el momento especial. Me dolió que ese momento especial, sin fecha cierta, ese momento que nunca definí, nunca llegara. Y lloré.
Y la envolví muy bellamente, junté todos sus trozos y la armé de nuevo como si le hubiera hecho una autopsia. Y la cubrí con un papel brillante y le puse una cinta para que nadie viera su desnudez y la besé y la dejé en el cementerio de las granadas. Sí. Ese precisamente, el tacho de la basura.
Antonia Verónica de María.
Sí, las granadas son difíciles, tremendamente difíciles. Parecen suaves y maleables, pero no te equivoques con ellas. Colgadas en su árbol, tú las ves envueltas en una cáscara dura que brilla, con colores que se parecen a la tierra, mezcla entre verdes pardos, grises pardos, rojos pardos, amarillos pardos. Y, aun así, brillan, brillan inmensamente. Tienen una corona, también parda, que apunta al suelo y que los botánicos llaman Cáliz en una parte de su estructura que no se ve, pero que sí está, y que yo asumo que es su cabeza.
Pero intenta hurgar en su corazón sin destruirla o sin esfuerzo o masticarlo para probar su dulzor sin percibir las durezas de sus semillas o la amargura de sus venas, no lo vas a lograr y lo más probable es que no persistas y decidas que no te gustan.
A veces, cuando aún están en el árbol, en un acto de caridad mesiánica o de generosidad magnánima, se abren y regalan a quienes tienen la osadía de detenerse a mirar, la profundidad intensa, brillante y roja de su mundo interior; no sucede todo el tiempo, pero si sucede es para siempre. Debes estar muy atento y mirar con los otros ojos.
Cuando mi hijo la vio, pendiente de su árbol, la tomó y dijo, “esta es para mi mamá”. Y me la trajo. Y entonces yo la dejé en el frutero, justo en medio de las mandarinas, tímidas y bailarinas, que siempre son muchas, muy anaranjadas, así como pequeñitas, como diciendo “Ay, nosotros apenas nos vemos, pero somos deliciosas, somos dulces”. Y les quitan espacio a las demás frutas, porque tú no vas a poner una sola mandarina en el frutero, tienes que poner a todo el grupo y cuando sacas una, se van moviendo todas como en una coreografía sideral, casi eterna, llenando de nuevo todo el lugar. Alrededor, unos plátanos siempre prepotentes y engreídos y unos kiwis que, siempre también, parecen tímidos y humildes, pero son ácidos, son tremendamente ácidos. Y algunos serviciales limones verde brillante, que estaban siendo rescatados del limonero atacado por la negrilla y el pulgón. Ellos se vuelven amarillos, con el paso de los días.
La granada, por su parte, como reina que es, lo digo por su corona, se impone con esa majestad e indiferencia de las personas difíciles, habitan dentro de ella millones de rubíes que caminan, que se mueven y que, sin embargo, están debidamente compartimentados en un orden que parece planilla de Excel. Tienes razón, parecen planillas de Excel. Con humildad real, verdadera, sin aparentar, como si fueran abalorios.
Allí puse la granada. En medio del frutero. Iba a esperar para comérmela. Porque, como ella, yo también soy difícil. Iba a ser en un momento especial que no estaba definido pero que llegaría. Esperaría. Te juro que esperaría ese momento.
El frutero se fue vaciando, el séquito fue desapareciendo, primero los plátanos, luego los kiwis. A veces eran kiwis, plátanos y mandarinas. Y diariamente, los limones.
Y después, yo no me di cuenta, el tiempo fue pasando, pasando, pasando. Yo la miraba todos los días, ahí en medio del frutero, a veces sola, a veces acompañada. Siempre vi su cáscara turgente. Su corona intacta. A veces le hablaba y a veces creo que me respondía, que me contaba de soledades tardías, de frustraciones concretas, de gente que vino y se fue, de incomprensiones y luchas y abandono y traiciones, creo que me hablaba de la vida. Y yo, admirada de su realeza, la dejaba para después, para mañana, para ese mañana especial que nunca llegaba.
Y de repente, de un momento a otro, mi bella granada, la que alguna vez estuvo colgando de un árbol, la que tenía corona sobre una cabeza indefinible, la que cobijaba rubíes... ¡tenía pelos! ¡Sí! pelos grises y blancos.
La humedad y el frío me dices tú.
Entonces yo pensé “tal vez rescate sus rubíes” y ceremoniosamente, tomé el cuchillo como un bisturí, con delicadeza, buscando su corazón, buscando su mente. Pero no sucedió. No. Solo era un montón de semillas húmedas del color de la tierra, en perfecta formación, aun en sus celdas Excel, pero con ese color de la descomposición. Y me dolió. Me dolió no habérmela comido a tiempo. Me dolió haber esperado el momento especial. Me dolió que ese momento especial, sin fecha cierta, ese momento que nunca definí, nunca llegara. Y lloré.
Y la envolví muy bellamente, junté todos sus trozos y la armé de nuevo como si le hubiera hecho una autopsia. Y la cubrí con un papel brillante y le puse una cinta para que nadie viera su desnudez y la besé y la dejé en el cementerio de las granadas. Sí. Ese precisamente, el tacho de la basura.
Freddy Mora | Imprimir | 140
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